#Tochogate2016: sesión de control (a.k.a. minireseñas)

Después de un mes, retorno al #Tochogate2016 para contaros cómo me ha ido con mis lecturas. Por si estáis perdidos con este hashtag que es pura poesía, se trata de una iniciativa lectora que comenzó mi colegui (?) Cris para animarse y animarnos a leer tochos que teníamos pendientes este verano. En esta entrada yo os presentaba los cuatro libros que tenía como principales candidatos para el reto, aunque ya veis que al final solo ha caído uno de ellos.

Todavía queda el mes de agosto, que tradicionalmente es el más rentable para mí como lector, pero este año me da que no va a ser así. A mediados de mes me mudo al extranjero, así que seguramente no podré seguir al pie del cañón con el tochogate. O puede que sí, ya se verá.

De momento, y por si acaso este es mi final de reto por este verano, quiero hacer balance de las dos lecturas que he hecho dentro de esta iniciativa. Son estas:


Fotograma de la película Notre-Dame de París (1956).

Notre-Dame de París, de Victor Hugo | ~700 págs.

Esta novela os dije que caía seguro, y al final ha sido la única de la lista inicial que lo ha hecho. Como fanático de la novela gótica que soy, tenía ganas de probar este clásico de Victor Hugo, y la verdad es que no ha sido lo que esperaba. No diré que ha sido una lectura decepcionante, porque me ha gustado, pero sí que difiere mucho de lo que pensaba que me iba a encontrar.

Para empezar, no es una novela gótica. Este subgénero es muy problemático a la hora de ver qué obras encajan, y sobre todo es difícil diferenciar una obra tradicional del romanticismo de una que además de eso es gótica (el tema da para una entrada; quizás la escriba algún día). De todos modos, en el caso de Notre-Dame de París yo tengo claro que es solamente una novela romántica (romántica del romanticismo movimiento literario, quiero decir). Tiene algún elemento oscuro, pero están a años luz de los que se presentan en la gran novela gótica inglesa. Para ser justos, Notre-Dame es tan fiel a todos los tópicos del romanticismo que viene a ser una versión en novela de Don Álvaro o la fuerza del sino, Don Juan Tenorio o incluso de Hernani, del propio Victor Hugo.

En definitiva, yo no recomendaría la lectura encarecidamente. Si os gusta mucho el romanticismo o si tenéis curiosidad, sí, pero si no, cualquier obra de teatro romántica te aporta lo mismo y se hace menos tediosa. Pero esta es la opinión de alguien a quien los tópicos del romanticismo le saturan enseguida y los prefiere en dosis pequeñas. Además, Notre-Dame de París es un clásico bastante árido, sobre todo las primeras páginas. No sé de dónde les viene la mala fama a otros clásicos como Guerra y paz, que al lado de esta es una telenovela súper adictiva.

Fotograma de la miniserie The crimson petal and the white (2011).

Pétalo carmesí, flor blanca, de Michel Faber | ~1000 págs.

Y, sin embargo, esta otra novela, que lo tiene todo para ser tediosa a más no poder, me ha parecido una lectura inusitadamente ligera. Son mil páginas donde abunda la narración y en las que el autor no escatima en detalles a la hora de describir cada pequeña acción de la vida de los protagonistas, pero no creo haberme saltado ni una sola línea (con la salvedad de la trama secundaria de los beatos, que sí que la leí en diagonal). Si os gusta lo victoriano y, sobre todo, la parte más sórdida de la época victoriana, esta es vuestra novela.

Es menos conocida que la Hugo, así que, por si acaso, os cuento que trata sobre una prostituta llamada Sugar y sus intentos de sobrevivir y medrar en el hipócrita y machista Londres Victoriano. También conocemos a William, su cliente más importante; y a la esposa de este, Agnes, un personaje fascinante en tanto que retrata de manera muy cruda cómo la estricta moral victoriana afectaba a las mujeres y las distorsiones que creaba en ellas muchas veces.

Como friki que soy del tema de la histeria y derivados, todo lo relacionado con Agnes me ha parecido interesantísimo. La trama de Sugar también es genial, y a William se lo tolera. Los secundarios beatos que os decía antes son, para mí, el único punto tedioso de la novela, pero también es cierto que son necesarios para dibujar el fresco completo de la sociedad victoriana.

Hay una miniserie de 2011 que adapta la novela, y además es muy fiel. Yo la vi en su momento y no me enteré hasta el final de que existía novela, así que me he enfrentado a las mil páginas de Pétalo carmesí, flor blanca teniendo todos los detalles muy vivos en mi cabeza. Y aun así, no me ha aburrido ni por un segundo. En un libro de semejantes características, eso es una buena señal.

Recomendado para los interesados en la cara oscura de la Inglaterra de la reina Victoria. Que no os den miedo las dimensiones, porque a pesar del ritmo pausado se lee con fluidez.

Hasta aquí mi repaso de las lecturas del #tochogate2016. Si al final cae alguna más en agosto, os informaré debidamente. ¿Y vosotros qué? ¿Está cayendo algún librazo este verano o sois de los que preferís las lecturas que no pesan en la bolsa de la playa?

Los límites de la ficción



Seguro que os habéis enterado del escándalo en torno a la editorial Alfaguara y el libelo de María Frisa, 75 consejos para sobrevivir en el colegio. Por si no estáis al día, os dejo aquí un enlace que resume el culebrón hasta el momento. Y por si os da pereza leer, aquí un resumen de mi cosecha:

Licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Misnarices escribe un libro infantil al estilo falso manual en el que una niña da consejos a otras (de entre 9 y 12 años) sobre cómo comportarse en el colegio. La autora hace la típica de querer “conectar con el público joven” siendo súper guay, dabuten y diciendo sandeces en el argot que ella cree que manejan los niños. Si de niños os pusieron alguna de las lecturas obligatorias que me tocaron a mí, sabréis como yo que esos libros siempre suelen ser un despropósito. El problema es que este se pasa de rosca porque, siempre “en clave de humor” y de “ficción”, se monta un monólogo sexista, misógino y clasista y hace apología del acoso escolar. Se han recogido firmas para pedir su retirada y, días después, Alfaguara sale con un comunicado con el ya típico: “es ficción”.

Podríamos entrar en paranoias de teoría literaria acerca de si acaso existe algún libro que no sea ficción, incluso un libro de recetas. Pero dejándolo al margen, aceptamos barco. De acuerdo, 75 consejos para sobrevivir en el colegio, es un libro de ficción (¿una novela?) que, a modo de parodia, imita la estructura de los manuales y libros de autoayuda. Algunas grande superficies lo colocan en la sección de no ficción junto a, qué sé yo, la biografía de Auryn. Pero vale, seguimos aceptando barco. Es un juego literario, algo antiquísimo en la historia de la literatura. María Frisa ha hecho la de Anónimo cuando hizo pasar el Lazarillo por una biografía.

Que sí, que está muy bien y que hasta cierto punto yo me lo puedo llegar a creer. Porque he leído fragmentos del libro y tengo claro que la tal María Frisa no habla en serio cuando les dice a sus lectores de nueve años las cosas que les dice. Está claro que no habla en serio porque si lo hiciera, esa mujer estaría en un centro con paredes acolchadas (o en la cárcel; según los resultados del estudio que le hicieran). Ahora bien, comprando la teoría de que el libro es ficción pura y dura y que eso está indicado por arriba y por abajo en el libro y que es imposible que existan confusiones, la pregunta obligada es la siguiente:


¿Tiene límites la ficción?


Hablar de los límites del humor es ya un clásico, y en este caso se combina con los de la ficción. Si yo escribo un libro titulado 75 consejos para exterminar judíos, siempre en clave de humor, y lo pongo en las librerías dentro de la sección de “ficción”, ¿surge algún problema? Ahora imaginemos que mi editorial es la repera y plantan una caseta haciendo promoción de sus libros, entre ellos el mío, delante de una sinagoga un día muy transitado. ¿Sigue estando igual de bien/de mal mi libro?

Son preguntas que os planteo, no tengo una respuesta. Es decir, tengo la mía, mi opinión, pero creo que los límites de la ficción son un tema complejo y que suscita mucho debate.

Desde luego, yo tengo claro que, para mí, no todo vale en la ficción. Soy muy abierto en ese sentido, muchísimo, y toleraría casi cualquier barrabasada siempre que cumpla con dos condiciones: 1) que el libro esté claramente dirigido a adultos; 2) que esté bien escrito.

El primer punto es discutible. Habrá muchas personas que digan que los niños son mucho más avispados de lo que pensamos (que lo son) y que a los nueve años ya captan la ironía tan bien como cualquier adulto. No lo sé; quizá si alguno tenéis formación en la materia podáis darnos datos al respecto. En cualquier caso, y aun aceptando que un niño de nueve años no tenga problema en darse cuenta de que lo que escribe María Frisa es humor, hay otra pregunta que hacerse: ¿es adecuado hacer humor sobre sexismo y acoso escolar con niños de nueve años? Hay padres que no quieren que se les dé educación sexual a sus hijos hasta que no tengan bigote, pero ¿enseñarles chistes sobre que tu novio no te deje mirar a otras personas es adecuado? Que son chistes, que sí, que ya hemos aceptado barco hace un rato, pero yo sigo sin verlo claro.

Lo segundo, para mí, sí que no tiene discusión. Un libro que defiende ideas peligrosas, por muy ficción y/o humor que tenga, tiene que estar bien escrito. Y en estos casos, por bien escrito quiero decir “que se entienda”. Ya no los niños de nueve años, sino cualquiera de nosotros, cualquier adulto. Si nosotros leemos el libro de María Frisa y pensamos: “¿de dónde ha salido está colgada?” es que algo falla en ese libro y en cómo está escrito. Porque, y tiro de mi ejemplo de cabecera, no conozco a nadie que lea Cumbres borrascosas y piense que eso es un modelo de relación sentimental sana entre adultos. Nadie lo piensa porque el libro está bien escrito. Y los niños leen cómics de superhéroes y ninguno va por la vida imitando a Kingpin. De nuevo, porque están bien escritos.

Pero este tema ya está muy manido. Pasó hace mucho con los libros que continuaron Crepúsculo, luego con After y otros sucedáneos. Siempre “es ficción”, da igual que sea ficción mal escrita (porque los lectores de After leen Cumbres y esta última relación no la idealizan, por qué será), y también que esté dirigida a lectores en una edad tan vulnerable como la adolescencia. Y si todo esto da igual, ya no entremos a pedir explicaciones sobre 50 sombras y otros libros que directamente van dirigidos a público adulto, porque entonces el “es ficción” ya te lo espetan en mayúscula y negritas.

Pues nada, que es ficción: todo vale. No importa si tienes cincuenta años, quince o nueve ni si el libro retrata comportamientos poco saludables o hace apología de ellos (hay diferencia, y bien gorda). Nada de eso, porque es ficción, y olé.

Como decía en los primeros párrafos, esta entrada no es para dar una respuesta universal a algo que no la tiene y que da para debates interminables. Solo soy yo diciendo que, para mí, hasta la ficción tiene límites. Pocos, pero los tiene.

Pioneros, de (la inmensa) Willa Cather

Jessica Lange como Alexandra Bergson en O pioneers! (1992)


Uno de los primeros libros que reseñé en el blog fue una novela corta de Willa Cather. Era mi primer acercamiento a esta autora tan importante de las letras estadounidenses. Entonces admiraba su sutileza para conmoverte con su historia casi sin que te dieras cuenta y tomaba nota de que escribía sobre temas que me gustan, como ese mundo casi romántico del Viejo Oeste que en Una dama extraviada daba sus últimos coletazos.

En Pioneros, Willa Cather nos lleva un poco más atrás, a la edad dorada de este Oeste, y narra la historia de una familia de colonos europeos que, a la muerte del padre, quedan abandonados a su suerte con unas tierras que en principio no parecen muy fértiles. La hermana mayor, Alexandra, toma las riendas y pone todo su empeño en sacar adelante la granja cumpliendo con la promesa de no venderla que le hizo a su padre en su lecho de muerte; sus hermanos, inútiles redomados, se opondrán y no serán más que una carga para esta heroína de principios del siglo XX.

Con saltos temporales bastante grandes, la novela comienza narrando la juventud de Alexandra y termina con su madurez, mostrándonos dónde ha llegado, qué ha conseguido y qué cosas lamenta haber dejado en el camino. Y en paralelo a la vida de la protagonista, está el Oeste, la tierra, que en Cather es siempre un personaje tan importante o más que el resto.

Pioneros es lo mejor que he leído este año, o, al menos, el único libro que me ha tocado la fibra de verdad. Es una historia corta y sencilla, escrita también con sencillez, pero tiene una carga social y de realidad que es imposible no inclinarse ante ella. Como decía en su momento en Goodreads, a falta de una forma mejor de definirlo, Pioneros tiene alma. Es más, solo he leído otra novela de Willa Cather aparte de esta, pero me atrevería a decir que todo lo que escribió esta mujer tenía alma. Pero como ese tipo de cosas no se explican, sino que se sienten, os recomiendo a todos los que no lo hayáis hecho que leáis algo de esta autora, y creo que entonces comprenderéis por qué digo que sus novelas tienen alma.

Nada más terminar de leer Pioneros, se lo recomendé a mi colega steinbeckadicta Hache, porque tenía la sensación de que la Cather era una autora que le gustaría descubrir. Y es que no sé si John Steinbeck llegó a leer a Willa Cather, si le gustaba o si fue una influencia para él, pero si no fue así, alguien tendría que haberlos juntado en una habitación. Pioneros me ha recordado en su compromiso social, su estilo de epopeya de la gente corriente y su admiración de la tierra como algo casi místico al Steinbeck más social y de la tierra, el de Las uvas de la ira.

Sin embargo, mientras que las historias de Steinbeck son eminentemente masculinas (con un par de grandes personajes femeninos aquí y allá), las de la Cather son femeninas. No en el sentido de roles de género estúpidos, masculino lo leen los chicos y femenino las chicas y toda esa clase de chorradas. Me refiero a que las novelas de Steinbeck que he leído hablan con mucha fuerza de la sensibilidad de los personajes masculinos que escribe, y las de Cather de los femeninos, así que son un complemento casi perfecto el uno para el otro.

Y como veis, ya estoy divagando con cosas que en realidad no tienen mucho que ver con Pioneros y que a la mayoría de vosotros ni siquiera os interesarán. Pero es que a veces hay pocas cosas que decir, salvo que si no habéis leído a Willa Cather, ya estáis tardando.

Qué placer da hacer reseñas en las que casi lo único que puedes decir es eso: leedlo, por favor.

Sobre los “personajes femeninos fuertes” en la literatura



El otro día publiqué esta entrada hablando de algunos de mis personajes femeninos favoritos, en concreto de aquellos que caen más del lado de los héroes que de los villanos. Aunque conste en acta que una buena villana me pierde (hola, Cathy de Al este del Edén; hola, Gemma Teller de Sons of Anarchy). El caso es que en cuanto terminé de escribir esa entrada, me apeteció hablar de algo que lleva mucho tiempo molestándome de la literatura actual y los personajes femeninos. Hasta ahora lo había evitado porque es un tema farragoso, pero es que a veces hay que dar ciertas opiniones aunque no a todo el mundo le vayan a gustar.

Estoy hasta las narices del “personaje femenino fuerte”. Me pone de los nervios. Hala, ya lo he dicho.

En serio, es una etiqueta que se ha puesto muy de moda de un tiempo a esta parte y que no me gusta nada. Tanto es así que ya procuro evitar describir a un personaje como “fuerte”, porque automáticamente se me viene a la mente esto y me da la sensación de que lo estoy minusvalorando.

Por dar un poco de contexto, por si alguien se siente perdido, diré que en buena parte de la literatura actual, probablemente más dentro de la juvenil y la fantástica, parece que se ha puesto de moda el postureo feminista. Lógico, tantas quejas (fundadas) de que estos géneros están poblados de misoginia y modelos de mujer absurdos han calado, pero parece que en vez de intentar solucionarlo con personajes femeninos reales y complejos (como por ejemplo están haciendo en las series de televisión cada vez más), nos ha dado a todos por ponernos a calificar a cualquier mujer que levanta la voz como “personaje femenino fuerte” y a aplaudir como si eso fuera algo digno de admirar.

En mi opinión, no lo es. Explico por qué.

Para empezar, no me gusta la etiqueta en sí misma. Primero, porque lo de la fuerza es algo muy subjetivo (física, emocional, etc.) y que además varía (yo puedo ser muy fuerte hoy al enfrentarme a X cosa y muy débil pasado mañana al toparme con otra distinta), así que a veces es difícil calificar a un personaje como fuerte o débil. Segundo, y más importante, porque nunca, jamás, en mi vida, he escuchado a nadie decir que “Jaime Lannister es un personaje masculino fuerte”. ¡Y lo es! No porque sea un gran espadachín (eso es muy obvio), sino porque al hombre le pasa lo que le pasa en el segundo tercer libro (no voy a hacer spoilers pero: Vargo Hoat, la Cabra) y sigue adelante. Pero Jaime nunca es calificado como “fuerte”. Así que, a lo mejor soy yo, eh, pero cuando alguien califica a Brienne, por ejemplo, como “personaje femenino fuerte” me suena a premio de consolación, a postureo de “mira cuánto queremos a los personajes femeninos dentro del género fantástico”.

Así que no, no me gusta la etiqueta porque ni creo que sea precisa ni me parece que haga ningún bien.

Aparte, hay que ver la cantidad de basura que nos han colado dentro de esa etiqueta. Porque a mí me gusta una guerrera más que a nadie, os lo prometo, pero es que a veces parece que la única forma de crear un personaje femenino fuerte según los cánones actuales es a que sea una tía buena con dos kilos en cada pecho y anoréxica (pero con cero problemas de espalda, ojo) que encima de todo es capaz de dar una paliza a media docena de personajes masculinos que pesan cien kilos más que ella. Ah, y además, si haces que su personalidad encaje dentro de esa otra etiqueta maravillosa que es la de “marimacho”, ya te llevas el premio gordo. Eso es literatura feminista. Pero si una muchacha de sesenta kilos no puede levantar a pulso de un tío de ciento veinte o llora cuando se le muere el gato, eso es anticuado y no es un “personaje femenino fuerte”.

"Llevo vestido, guardaespaldas y no se usar una espada. Mira qué débil e inocente soy. Un corderito."
En el fondo esta entrada no es más que una excusa para decir que echo de menos aquella época en la que solo existían dos tipos de personajes femeninos, los bien construidos y lo mal construidos, y donde eso no lo determinaba ser una repartidora de hostias profesional o la reina de las respuestas cortantes.

Como digo, me encanta una guerrera bien construida. Incluso puedo llegar a tolerar a una que lleve una de esas armaduras con pechos (y hasta pezones) si es coherente, compleja y real. Pero tampoco me gusta esta caza de brujas con las “damiselas en apuros”. Sobre todo porque parece que ya todo personaje femenino que no pueda defenderse en una pelea contra diez ninjas es considerado damisela en apuros (yo sería una damisela en apuros total).

No sé de qué sirve que en literatura tengamos personajes femeninos muy cool, con un supuesto carácter a prueba de balas y patadas voladoras incorporadas si luego se dedican a babear detrás de un bíceps. Me venden que Divergentes y derivados hacen mucho por las niñas que los leen porque presentan un modelo de mujer con el que se pueden sentir identificadas o al que podrían admirar. Y bueno, sí, la muchacha es muy dura y a mí me podría saltar los dientes, pero luego la meten en una máquina de realidad virtual para enfrentarse a sus mayores miedos como parte de su entrenamiento y uno de sus miedos es… intimar con el protagonista masculino. Porque claro, él está to’ bueno y ella, aunque sea dura a más no poder, tiene que ser una princesita, inexperta, virgen y echarse a temblar cada vez que él se le acerca. Muy feminista todo.

En fin, que echo de menos la literatura de género antes de que se pusiera de moda la etiqueta y un montón de autores se abalanzaran sobre ella para “dar ejemplo”. Personalmente, me interesan más los personajes femeninos complejos y reales que los que se denominan hoy por hoy “fuertes” (según esa norma, de mi lista de la entrada anterior, Sansa, Maria, Lizzy y hasta Scarlett serían “débiles”).

"Me da miedo el sexo, pero no ir a la guerra y matar gente, porque soy ¡dura de pelar!"
Nos han vendido la moto de que estamos leyendo la literatura con mejores personajes femeninos que ha habido jamás, y eso es un disparate. Es verdad que las libertades de la mujer están mejor hoy que hace cien años, pero también estarán mejor dentro de cien (esperemos). Así que yo creo que hay que mirar las cosas en su contexto, y la literatura del siglo diecinueve está poblada de personajes femeninos maravillosos y admirables. Todas ellas serían hoy “damas en apuros” y no “personajes femeninos fuertes”, porque, lógicamente, viven en el mundo en el que viven y no lo pueden evitar. Pero que nadie venga a decirme, os lo suplico, que un Los Juegos del Hambre/Divergente es más feminista que un La Regenta/Ana Karenina, porque se me cae el alma a los pies. Mil páginas de desarrollo de un personaje femenino que vive preso en una sociedad que huele a rancio versus una tía buena que reparte hostias como panes sin despeinarse ni, por supuesto, pesar más de cincuenta kilos (aunque aun así sus músculos son de acero, ojo; una cosa no está reñida con la otra).

Y eso en la juvenil. No entro más en la fantasía y derivados porque entonces me entran ganas de enviar copias de Canción de hielo y fuego a la mayoría de escritores del género que he leído para que vean cómo construir buenos personajes femeninos. De todo tipo, de las “fuertes” y de las “damiselas en apuros”.

Nada, que nosotras aquí enredándonos con etiquetas que suenan muy bien al oído y los niños leyendo que está bien que una mujer sea súper dependiente de un tío (y si es un capullo, aún mejor) y haga lo que sea por tenerlo contento siempre y cuando ella sea guapa, delgada y de vez en cuando grite un poco o dé una contestación borde para ser un “personaje femenino fuerte”. Claro que sí.

Mis heroínas literarias

Hace un par de eras glaciares hice una entrada con mis heroínas televisivas, porque tenía el día rebelde y no me apetecía escoger a las literarias. Hoy quiero enmendar aquello y vengo a alabar (y en algunos casos defender contra los haters) a cinco señoritas de la literatura que me robaron el corazón en su día.

Aviso de que la palabra heroína está usada con mucha laxitud aquí. Entendamos como heroína a todo personaje femenino con un mínimo de importancia en la historia y que no sea la antagonista.

Mis elegidas son:


5. (Señorita) Lizzy Bennet, de Orgullo y prejuicio


Elección poco original donde las haya, pero era inevitable. Tenía que meter a una heroína austeniana en la lista sí o sí, y aunque Persuasión me gusta tanto como Orgullo y prejuicio y siempre me cuesta decantarme por uno de los dos libros, el carácter de Lizzy me gusta mucho más que el de Anne. Es inteligente, vivaracha, apasionada con las cosas que le importan y además tiene un punto de adolescente rebelde y contestona que sí que tiene mucho de heroíco para la protagonista de una novela de Regencia.

Debe de quedar muy poca gente que no conozca a Lizzy, pero si sois una de esas personas, tenéis que ponerle remedio cuanto antes. Además, Orgullo y prejuicio siempre me ha parecido el libro de Jane Austen más asequible para todo tipo de lectores.


4. (Princesa) Maria Bolkonskaya, de Guerra y paz


Me ha costado (casi me ha dolido físicamente) tener que escoger entre ella y la Rostova, igual que me pasó a lo largo de toda la novela. Mientras que Natasha Rostova es un personaje lleno de vida y que te arrolla desde la primera página, Maria es de esos que empiezan en un segundo plano, al principio no te importan, pero van haciéndose un hueco en tu corazón con cada escena en la que aparecen. Es una corredora de fondo y, para cuando llegas a la página mil y pico de esta obra mastodóntica, Maria es uno de los personajes para los que más deseas un final feliz.

Maria es la clásica buena persona, sin matices. Es verdad que quizá sea un personaje demasiado cliché con su religiosidad y rodeada de familiares (e institutrices, cof, cof) que se aprovechan de su bondad y hacen de su vida un sacrificio continuo.

No es guapa ni tiene una personalidad que llame la atención, más bien es una muchacha tímida e insegura que se da a los demás porque cree que eso es lo único para lo que sirve, que nunca encontrará nadie que la quiera ni podrá formar una familia. Pero a medida que van pasando las páginas, el personaje va creciendo y enfrentándose a situaciones muy complicadas sin perder su buen corazón, y eso siempre es meritorio.


3. (Princesa) Laurana Kanan, de Crónicas de la Dragonlance


Laurana es mi Sansa de los trece años. He perdido la cuenta de con cuánta gente del fandom me pegué (figuradamente) en mi adolescencia defendiendo el buen nombre de la elfa más mimada de Crónicas de la Dragonlance, y no me arrepiento. Tanto es así que lo digo bien alto aunque me busque enemigos: Laurana es el mejor personaje de la trilogía, y ni siquiera Raistlin le llega a la suela del zapato (aunque es el que más se acerca).

Tengo esta trilogía muy olvidada y nunca encuentro el momento para releerla, pero sí recuerdo que el segundo volumen, La tumba de Huma, ES Laurana, sobre todo la segunda mitad. Aquí la niña mimada del primer libro, que había crecido protegida de todo en la idílica sociedad élfica, conoce de primera mano la crueldad del mundo exterior y no solo no se achanta, sino que se crece ante las adversidades. Un personajazo que además evoluciona una barbaridad a lo largo de la trilogía, al contrario que la mayor parte de sus compañeros.

Si no habéis leído esta trilogía clásica del género fantástico, os la recomiendo muchísimo. Es posible que pierda cierta magia si no se lee con trece o catorce años como hice yo, pero estoy convencido de que sigue aguantando el tipo mejor que otras obras fantásticas del mismo estilo, llamémoslo tolkiano.


2. (Miss) Scarlett O'Hara, de Lo que el viento se llevó


Ya sé, ya sé, Scarlett heroína... Es egoísta, es déspota, violenta, desagradecida, interesada, manipuladora, clasista, racista (aunque esto tiene que ver más con la sociedad en que se ha criado que con ella) y así hasta llenar varias líneas de adjetivos. Pero también es una superviviente como no he leído ninguna, una fuerza de la naturaleza que no se detiene ante nada y que sería capaz de cualquier cosa (creo que podemos decir que literalmente) por seguir viviendo, aunque sea en las condiciones más precarias.

Scarlett no entiende lo que es rendirse, se enfrente a lo que se enfrente. Solamente por eso, a mí ya me tiene ganado. Los personajes supervivientes son mi debilidad, siempre lo han sido, y Scarlett es el paradigma de la supervivencia. Además, a medida que la vamos conociendo, empezamos a comprender mejor cómo funciona y vemos que sí que tiene un corazón. Si no que alguien me diga cómo es posible que no mandara a freír espárragos a todas esas rémoras que la rodeaban en su vida. Siendo la mayor egoísta del universo, Scarlett se sacrificó más de lo que haríamos cualquiera de nosotros por sacar adelante a una pandilla de inútiles (salvo Miss Melly y Mammy, obviamente) que no le aportaban nada. Así de contradictoria es la O'Hara, personajazo mayúsculo donde los haya.


1. (Lady) Sansa Stark, de Canción de hielo y fuego


Abandoné la adaptación televisiva de esta saga en la cuarta temporada y sé que la trama de Sansa ya no tiene nada que ver con la de los libros, pero confieso que he disfrutado mucho esta semana cuando al menos media docena de personas me han escrito para pedirme perdón por todas las veces que estuvieron a punto de saltarme los dientes por defender tanto a Sansa.

Sansa es un combo de Laurana + Scarlett. Igual que la primera, fue criada entre algodones y por esa razón era todavía una cría ingenua cuando se enfrentó al mundo real, y como la segunda, es una superviviente. Con el personaje de Sansa, Martin ha hecho (o está haciendo, bueno) un retrato insuperable de la pérdida de la inocencia y el fin de la infancia. El arco argumental de Sansa es una novela coming-of-age en toda regla, y ya sabéis que ese es otro de mis fetiches literarios.

Sansa es comparada continuamente con su hermana Arya, dos años menor, otro personajazo de Martin. Los defensores de Sansa siempre hemos dicho que ambas son supervivientes en su estilo y dentro de sus posibilidades, y que ninguna desmerece a la otra (de hecho, siempre he pensado que si se intercambiaran las tramas, ambas habrían muerto antes de acabar el segundo libro). Pero Sansa es más nuestra, se siente más real. O por lo menos, en su lugar, mi yo de once años siempre estaría más cerca de actuar como Sansa que como Arya.

Cuanto más conozco a los personajes de Canción, más me gusta Sansa. No solamente por su evolución (que es de las mayores de la saga), sino por el modo en que lo ha hecho. Sé que mucha gente no opinará lo mismo, pero en un lugar tan hostil como Poniente, la forma de enfrentarse al mundo de Sansa me parece mucho más admirable y valiente que la de Arya o cualquier otro de los personajes. Sansa no solo ha sobrevivido a cinco libros terribles, sino que lo ha hecho manteniendo más o menos intacta su humanidad. Sansa aún es compasiva, aún confía en la bondad del género humano y, con reservas, tiene su corazón abierto a los demás. Para mí, eso la iguala en valentía al guerrero más fiero de Poniente.

Y sí, es un poco pava y caprichosa a veces, pero a los fans nos gusta así.


#AUTOBOMBO: Sí, sí, lo sé, esta entrada parece que no se acaba nunca, pero juro que ya estáis llegando al final de verdad. No quería desaprovechar la ocasión para hacer un anuncio y un recordatorio referentes a moi (egocentrismo al poder). A saber:

  • El anuncio: Si alguno/a sois de tierras astures o da la casualidad de que pasáis por aquí, os informo de que este sábado día 2 de julio, a las 19:00h presentaré mi novela Monstruos en la Librería-café Santa Teresa de Oviedo (Calle Covadonga 11). Me presentará mi divertidísima compañera de editorial y también escritora Carmen Amil (@CarmenAmil). Lo iré recordando por Twitter esta semana, pero la primicia es para los lectores del blog, faltaría más. Así que lo dicho: si os pilla cerca y no tenéis plan mejor para la tarde del sábado, yo encantado de conoceros.
  • El recordatorio: Además de presentación de la novela, tenemos un sorteo activo en Twitter desde hace un par de semanas. El plazo para participar termina este jueves día 30. Para participar solo tenéis que seguirnos en Twitter a mí (@jorcienfuegos) y a la editorial (@EscarlataEd) y hacer RT al tweet del sorteo, que lo tienen destacado en la cuenta de Escarlata para que esté bien a la vista. Y si no tenéis Twitter, ya lo siento, pero intentaré hacer pronto otro sorteo, quizá a través del blog, para que nadie se quede sin oportunidad por estar fuera de las redes sociales.

Y ahora sí que sí, ¡el final de la entrada! Si habéis llegado hasta aquí leyéndolo todo sois más guapos que Charlie Hunnam y más majos que Amy Poehler.

Ahora es cuando me contáis cuáles son vuestras heroínas literarias en los comentarios. Y si queréis despotricar sobre Sansa y/o Laurana, #challengeaccepted. Maria y Lizzy no, eh, que son buena gente. Y Scarlett es una arpía, eso no os lo vamos negar ni ella ni yo.

#Tochogate2016



Bajo este hashtag que es pura poesía está un desafío de lectura veraniego que surgió un poco a lo tonto cuando Cris comentó que ella en verano siempre leía algún tocho y que lo planeaba en los meses previos. Algunos amantes de las lecturas infinitas en verano empezamos a animarla por Twitter y ahora aquí me tenéis, compartiendo las lecturas que tengo en el punto de mira como posibles tochos para julio-agosto. 

Este año no voy a tener tanto tiempo como otros, entre algún eventillo relacionado con mi novela, escribir y prepararlo todo porque en agosto me marcho dos años a hacer un máster en USA. Pero vamos, que salvo que me dé una crisis lectora seria, uno de estos tochos cae, como mínimo.

Sin más dilación, voy a presentaros mis cuatro candidatos a protagonizar el #tochogate2016. Por candidatos, tengo cientos, pero estos los tengo en la estantería y no me los voy a poder llevar en la maleta en agosto, así que me corre aún más prisa leerlos.



Notre-Dame de París, de Victor Hugo | ~700 págs.

Por número de páginas, este es más bien un semi-tocho, pero ser clásico del siglo XIX siempre debería puntuar doble. De Hugo solo he leído un par de obras de teatro, y aunque sé que lo suyo sería ponerse con Los Miserables, que además sí que es tocho puro, es un libro que, cosas de la vida, nunca me ha llamado nada de nada la atención. Ahora bien, Notre-Dame de París es de los clásicos que me atraen desde la primera vez que oí hablar de ellos. Y es que ya sabéis que todo lo que tenga tufillo a novela gótica me tiene ganado.

Es el primer libro de la lista porque es el que más posibilidades tiene de caer, aunque soy tan voluble con las lecturas que eso nunca se sabe.

Lonesome Dove, de Larry McMurtry | ~900 págs.

Dice una cita de la cubierta de mi edición: "Si solo lees un western en tu vida, que sea este". Pues dicho y hecho. Tengo muchas ganas de leerlo, pero al miedo natural a semejante tocho se suma que es un género que domino y que no tengo claro que me vaya a gustar y, sobre todo, que está en inglés. Si de normal leo despacio, en inglés se duplica, y un tocho de este estilo en inglés tengo que cogerlo con tiempo y ganas. Aunque el año pasado mi tochogate fue un tanto tardío, en septiembre, y fue un éxito con Gone with the wind, que se ha convertido en una de mis novelas favoritas.



La novela de Genji, de Murasaki Shikibu | ~1600 págs.

Tocho entre los tochos, al nivel de Guerra y paz. Clásico japonés del siglo XI, ahí es nada; seguramente, una de las primeras novelas de la historia. Da miedo (normal), pero creo que si se lee con paciencia puede funcionar, o al menos a Isa le encantó, y yo de ella me fío, especialmente en materia de autores japos.

Bonus: La mejor venganza, de Joe Abercrombie | ~800 págs.

Tengo este libro parado en la página trescientos desde febrero, pero es que lo empecé en plena crisis lectora y la verdad es que no me estaba entusiasmando. No es que no me gustara, porque entonces no hubiera llegado tan lejos, pero solamente me entretenía lo justo para seguir leyendo, muy lejos de la adicción que me creó la trilogía de La Primera Ley del mismo autor, y al final llegó un momento en que leer ochocientas páginas por leerlas me pareció demasiado. Pero este lo termino seguro, porque además Abercrombie es un autor que me gusta y creo que puede remontar según avance la trama.

Otros candidatos que se quedarán en el tintero, básicamente por que no están en mis estanterías y quiero dar prioridad a los que sí: It, de Stephen King; Pétalo Carmesí, Flor Blanca, de Michel Faber; El canto del cisne, de Robert McCammon; cualquier tocho de Ayn Rand.

(Opinión impopular) El secreto, de Donna Tartt

En la foto: Donna Tartt.

Hay libros que salen rana cuando menos lo deseas. Con la frustración que va a destilar mi reseña sobre El secreto, de Donna Tartt, seguro que alguno pensaréis que me enfrenté a él con pocas ganas de que me gustara, con intención de criticarlo porque la autora es un best seller, etcétera, etcétera. Pero nada más lejos de la realidad. De todos los libros que he leído en lo que va de 2016 (poquitos, por cierto, que llevo un ritmo penoso este año), este es sin duda el que más quería que me gustara, porque a priori tenía todos los elementos para convertirse en un favorito instantáneo. Igual de ahí viene también esa frustración que os digo.

He estado un par de días dándole vueltas a cómo enfocar la reseña, y al final he pensado que lo mejor será copiaros aquí la opinión en caliente que escribí en Goodreads cuando lo terminé, y después matizaré un poco. Cuando un libro no me gusta prefiero esperar un tiempo y opinar más en frío cuando se me pasa ese cabreo que uno se agarra a veces cuando se lleva un chasco de estos, pero es que cuanto más pienso en El secreto, peores cosas tengo que decir, así que voy a quedarme con la mini-reseña original que hice en su momento, porque si no va a ser peor.


El secretoEl secreto by Donna Tartt
My rating: 1 of 5 stars

1,5 más bien.

Opinión impopular, lo sé, pero este libro me parece lo más incoherente e inverosímil que he leído en unos cuantos meses. Está aceptablemente escrito, la idea en sí es buena y se nota voluntad por parte de la autora para contar algo complejo y con unos personajes con profundidad psicológica. La palabra clave es "voluntad", eso sí.

(He leído unas 450 págs y el final; entremedias, he leído algunas páginas en diagonal y mucho resumen de internet, porque tenía miedo de leerlo hasta el final y causarme una lesión cerebral de tanto poner los ojos en blanco).

Mi problema con este libro han sido los personajes. Mira que a mí me gusta una historia de personajes y esta lo es, pero no. En serio, no. Tartt parece que no tiene claro si va a contar la historia de un grupo de sociópatas con complejo de secta y todos los trastornos psicológicos que uno se pueda imaginar o la de unos genios, súper cultos, súper inteligentes, con un punto romántico y encantador a lo "somos almas viejas" (que el pavo tiene 20 años y escribe su diario el latín, ojo). Intentar contar ambas historias a la vez es bastante complicado a priori, y para mi gusto la autora no ha estado a la altura (y se ha quedado bien lejos).

En mi mundo, la sociopatía y los trastornos mentales no te van y te vienen según el capítulo. En mi mundo, uno no comente determinados actos y reacciona a ellos de determinada manera [SPOILER] ("Jo, tío, la gente nos envidia tanto que seguro que nos condenan por asesinato solo por haber matado a un tío drogados hasta las cejas") [/SPOILER] sin tener algún tipo de trastorno mental. Y a mí me encantan las historias de personajes trastornados, lo prometo; pero si te comprometes con un grupo de sociópatas, tira pa' lante. No comprendo eso de que en el primer capítulo mis personajes son gente maravillosa, inteligente y equilibrada, en el segundo son perturbados mentales (y encima MUY tontos), en el tercero gente sana otra vez, y así todo el tiempo. Me ha resultado indescriptiblemente incoherente todo. ¿Los personajes son gente equilibrada o no? Que se aclare Donna Tartt primero, porque si no no hay manera de contárselo bien a los lectores.

Encima me da la impresión de que se idealiza todo de manera romántica a lo "ay, qué jovenes y qué locuelos éramos, ¿eh?", y esto ya es para tirarse por la ventana. No lo digo muy alto porque la segunda parte del libro ha sido lectura diagonal/wikipedia salvo las últimas 20 páginas, pero vamos, que la impresión que me dieron las primeras 500 y el final es ese, una historia al más puro estilo "cosas que pasan" o "son almas viejas, son especiales, pobrecitos".

Como dato aparte, me desorino con que la autora le dedique el libro a Bret Easton Ellis. Ellis, siendo un escritor mucho más limitado en lo que a narrativa se refiere, ha contado media docena de historias de jóvenes sociópatas/trastornados/alienados que terminan cruzando la línea, y, repito, sin ser precisamente obras maestras de la narrativa, las suyas al menos son coherentes (véase American Psycho, Menos que cero, Las leyes de la atracción, etc.) Así que Donna, reina mora, ya podrías haberle echado un vistazo a la bibliografía de tu amigo antes de escribir esto, o, no sé, haber consultado a un psiquiatra que te asesorara o algo, porque en fin.

Para rematar, y sé que voy todavía más a contracorriente con esto, a mí el libro no me parece ni un thriller trepidante, ni adictivo, ni na' de na'. Es más largo que un día sin pan y le sobran fácilmente 300 o 400 páginas. Y ritmo tiene más bien poco (e intriga menos), así que calificarlo de thriller me parece ya para mear y no echar gota.

Vamos, que he disfrutado mucho de la lectura, creo que se palpa :P

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Eso dije en Goodreads, entre cabreado e irónico, y pasados unos días lo suscribo. La novela no está mal escrita, pero, en mi opinión, no hay por dónde coger a los personajes. Sencillamente, tienen poca o ninguna coherencia; no la tienen ni consigo mismos, para empezar. Y mira que es difícil escribir una historia de personajes en la que los personajes no tengan ni pies ni cabeza, pero esta mujer lo consigue.

Le he estado dando muchas vueltas estos días y quizá sea una cuestión de formas distintas de entender el mundo.

Yo soy de los que cree que detrás de todo lo que hacemos tiene una explicación. Si matas a alguien, tiene que haberla también. A lo mejor ha sido un accidente, quizá una enajenación mental del momento, puede que te hayan afectado x sustancias que te has tomado o, simplemente, que tienes algún tipo de problema mental. Vamos, un trastornado de toda la vida, de los que salen en Mentes criminales. Pero hasta para el personaje más trastornado es coherente dentro de sus propias reglas que a nosotros nos parecen sinsentidos.

Lo que me ha pasado con El secreto es que parece que Donna Tartt se tomara el asunto con una frivolidad (o una ignorancia) que no acabo de entender. Hoy mis personajes son gente normal e inteligente, mañana son una secta pseudo satánica, mañana son normales otra vez...; ahora no tienen ningún remordimiento por lo que han hecho (psicopatía de manual), luego se sienten culpables y se dan a la bebida para ahogar las penas... Tan pronto muestran síntomas de no tener una cabeza como la vuestra y la mía (sociópatas como mínimo), pero después se enamoran, y son súper amigos y sienten con la intensidad absurda con la que todos sentimos a los veinte años. De verdad que no consigo encontrarles la coherencia por ningún lado. Como digo en la reseña de Goodreads, es como si Tartt quisiera contar la historia de unos amigos súper chupiguays (un poco consentidos, pero súper chupiguays) y de unos psicópatas en potencia al mismo tiempo. El problema es que ser un sociópata o un psicópata es incompatible con determinadas cosas.

Insisto mucho en esto porque no quiero que quede la respuesta fácil de: "ah, no te ha gustado el libro porque los personajes te caen mal". Para nada. Algunas de mis novelas/películas/series preferidas están protagonizadas por villanos, criminales, asesinos y personajes despreciables en general. Mi problema en El secreto es que nada de lo que cuenta la autora me parece coherente.

Leyendo reseñas en Goodreads, alguien señalaba algo que a mí también me había ocurrido, y que es una muestra muy gráfica de hasta que punto Tartt no es coherente con sus personajes. Resulta que Bunny (que, por otro lado, es el único personaje medianamente bien construido y consecuente) nos es descrito al principio como el típico americano grande y deportista estereotípico, masculino, de una familia con varios hermanos todos chicos, etc. En definitiva, que, al menos de cara a la galería, la imagen que da es la de un machoman de estos que ya huelen un poco a rancio hoy en día. Pero es que luego la novela avanza, conoces a Bunny, cómo habla, cómo viste, cómo se mueve y lo que Tartt te está mostrando es al personaje más amanerado del grupo (más amanerado que el gay esterotípico y atormentado que mete con calzador, por cierto). Mientras leía, yo pensaba que estaba confundiendo mi recuerdo del Bunny que parece súper masculino con otro personaje, pero al leer esta reseña que os digo, me di cuenta de que no, de que era el mismo. Esto es casi anecdótico, pero creo que da una buena idea de hasta que punto los personajes de esta novela son así o asá según lo que le convenga a la autora en cada capítulo.

Más allá de la coherencia o no, podríamos entrar a hablar del número loco de páginas, de lo repetitivo que es todo, de ese sistema académico tan extraño de la novela que no hay quien se crea que esté permitido por una universidad... Pero, ¿para qué? Para mí basta con decir que El secreto es un pastiche de Mentes criminales con Gossip Girl, con un mínimo de 300 páginas de relleno y una autora que no sabe lo que hace.

Eso sí, el libro ha cosechado muy buenas críticas, algunas de otros blogueros muy sensatos de cuyas opiniones me fío casi siempre (esta vez va a ser que no, me vais a disculpar). Y Donna Tartt ha gando el Pulitzer con su novela más reciente, El jilguero. Hasta la fecha no he leído un solo premio Pulitzer que no me haya parecido un gran libro, así que no tengo por qué dudar que este lo sea. Entre El secreto y El jilguero han pasado como veinte años, y Tartt habrá mejorado mucho, como cualquier escritor en ese tiempo. Aun así, conmigo que no cuente. Esta primera novela suya ha sido tan decepcionante a todos los niveles que me ha quitado las ganas de darle otra oportunidad jamás de los jamases.

Ahora bien, si no habéis leído El secreto, os animo a que la leáis. No porque os desee lo peor, sino porque de verdad que ha mucha gente con criterio le gusta y, si es así, algo bueno tendrá. Yo no se lo he encontrado, pero quizá vosotros tengáis más suerte.