Cain #2

12:30:00

Los Ángeles habían sido malos tiempos. Tiempos de drogas, sexo y noches en blanco. Como un mal sucedáneo de novela nihilista.

Le daban miedo los leones que dormían en jaulas de hormigón y despertaban al crepúsculo para salir a cazar gacelas de satén. Se le erizaba el vello cuando pensaba en las serpientes de neón de al lado de la carretera, atrayéndolo con sus danzas.

Una noche conoció a una mujer en uno de estos bares. Una serpiente de neón. Era tan fea como pudiera ser una chica de veintitantos a la que la vida le da puñetazos a diario. Le faltaban dientes, modales y horas de sueño, pero hablaba con acento de Katharine Hepburn y sabía jugar a las cartas.

Fue a verla durante semanas y ella le enseñó a desplumar a viejos tontos mientras conversaban sobre crímenes, la humedad y lo buenas que eran las películas en blanco y negro. Ocasionalmente, también hablaban sobre por qué la vida era una mierda y no la echarían de menos cuando la perdieran.

Una noche, Cain se presentó en el bar con la libreta del banco en el bolsillo de atrás de los vaqueros y una rosa de plástico en la mano. Iba a pedirle que se fugara con él. Nada romántico, porque entre ellos todo era platónico, solamente una fuga, una huida. Vaciar su cuenta bancaria, comprarse un coche descapotable y un pañuelo bonito para que ella se lo pusiera en la cabeza y conducir. Conducir más allá del horizonte, hasta que el asfalto se convirtiera en tierra rojiza y el hormigón, en hojarasca.

Se harían llamar Bonnie y Clyde durante el trayecto, y Jane y Tarzán cuando llegaran a su destino. 

Oh, eso habría estado bien.

La chica había muerto aquella mañana. Jane, Bonnie, Katharine, o como quiera que se llamara (lo cierto era que jamás había sentido la necesidad de ponerle un nombre: lo inefable no se podría resumir en un nombre). Un tipo la había molido a golpes la madrugada anterior y había pasado tres horas agonizando en el rellano de la escalera, con las otras chicas y sus clientes pasando arriba y abajo sin detenerse a ayudarla, porque eso habría supuesto anteponer la humanidad al buen funcionamiento de la máquina.

Una nota sobre Los Ángeles: la maquinaria siempre antes que la persona, Goliat siempre por encima de David; no llores por nadie, porque nadie llorará por ti.

Le dijeron que los de la morgue aún no habían venido a llevársela y que podía encargarse de su entierro si quería.

Contestó que no importaba, que no era nadie, y volvió sobre sus pasos.

Pensó que ella solía decir que no echaría de menos la vida cuando la perdiera, pero eso no evitó que llorara.

1 comentarios

  1. Es genial. El segundo párrafo, metáfora de cabo a rabo, me parece muy acertado y me encanta.
    ^ ^ Transmites de maravilla.
    Un abrazo

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