Cain #5

12:35:00

Una vez amó a una chica.

No es gran cosa, nada nuevo bajo el sol, ninguna clase de historia que le pueda resultar extraña a nadie. El caso es que la amó. Y le habría roto el corazón de no ser porque para entonces ya lo había sustituido por una piedra fría.

Sucedió en Los Ángeles, claro. Igual que casi todo lo que quería olvidar.

Se hacía llamar Camille y ni era bonita, ni francesa, como su nombre podría sugerir. Tenía ojos como estrellas lejanas en la galaxia y sus labios siempre sabían a caramelo. Le gustaba bailar música disco, pero en la intimidad de su habitación solo escuchaba baladas sobre desamor.

Se conocieron una noche cualquiera en un club cualquiera. Estaba sola en la barra, enhiesta, la barbilla alzada, y no bebía nada, como si estuviera esperando a que alguien la invitase. Cain estaba pelado en aquellos tiempos, pero era domingo por la noche, el día más triste de la semana, y habría hecho cualquier cosa por un beso sincero. O al menos uno convincente.

La invitó a una copa con el último billete de su cartera y le dijo que le gustaba el lunar que tenía en la mejilla derecha. Ella se la frotó con la manga y dijo que no tenía, que sería una mancha.

Hicieron el amor como animales. No como animales en celo, ávidos y furiosos, sino como animales de zoo: heridos, solitarios, melancólicos… Como si, guiados por un instinto inexplicable, anhelaran una tierra salvaje en la que correr en libertad; una tierra cuya existencia desconocían.

Otra noche, Cain se abrazó a ella en la cama y le susurró al oído: «solo deseamos lo que no tenemos». Ella replicó: «deseamos lo que no sabemos si existe».

Algunas noches al acostarse lloraba en silencio y jamás le explicaba por qué. Nunca hablaba de sus padres, decía que era «de fuera» y discutía consigo misma en una lengua rara cuando creía que él no estaba en casa.

Consiguió sonsacarle su fecha de nacimiento, pero el día en que le organizó una fiesta de cumpleaños, ella le gritó que era un niño iluso y se marchó corriendo. La encontró dos días después sentada en el portal con la ropa empapada. La abrazó y le dijo que lo perdonara, que no volvería a ser un niño iluso nunca más. Ella rio con lágrimas en los ojos, le pasó una mano por el pelo y le confesó que le dolían mucho los huesos, o el alma, no sabía qué; en cualquier caso, algo muy, muy profundo.

A la mañana siguiente, lo despertó con un beso en la nariz y le hizo el amor antes de que pudiera despejarse del todo. Terminaron y se quedó un rato tumbada sobre él, muy quieta. Recordaba que tenía la piel fría y la estrechó más fuerte para darle calor. Cuando se apartó de él, le había dejado el pecho empapado de lágrimas. «Me marcho», anuncio, «es lunes». Los lunes trabajaba en la tienda de discos del hombre del piso de abajo.

El calendario llegó al lunes siguiente y Camille seguía sin aparecer.

Dos lunes después, Cain comprendió al fin el verdadero significado de las palabras me marcho.

Pensó que realmente era un niño iluso por no haberlo entendido desde el principio.

Dejó pagado el alquiler del mes siguiente, para que ella tuviera un sitio en el que dormir si cambiaba de idea y regresaba, y se fue a vivir al otro extremo de la ciudad, donde estaría seguro de no volver a verla si finalmente regresaba.

Mientras se alejaba caminando, pasó por delante de un niño que miraba un panfleto del zoo pegado en un muro. Se detuvo un segundo a observarlo y en su cara se dibujó una sonrisa amarga. Dijo:

—Si de verdad los quieres, déjalos ir.

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