Cain #6

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Todas las historias tristes comienzan en algún momento, todo villano tiene un origen; y lamentablemente, todo corazón se hace pedazos tarde o temprano.

Estas eran las leyes que Cain conocía sobre esa quimera llamada vida.

No hacía tanto, menos de cuatro años, había sido una persona distinta, un crío cuya mayor preocupación era no encontrar pareja para el baile de graduación. Hijo de lo que se conoce como una «buena familia»: con dinero, creacionistas (aunque esto se lo podría haber perdonado), comedidos, poco dados a las muestras de afecto…

Tenía un hermano mayor: Adam. Y uno menor: Abel.

Por aquel entonces, también una hermanita de siete años: la dulce Eve. Pero la vida, ni es justa, ni tiene medida; golpea por igual a inocentes y pecadores.

Eve se fue para siempre un diecinueve de abril. Su madre sufrió una crisis nerviosa y tuvieron que ingresarla.

El día del funeral, medicada y trémula como una vela a punto de apagarse, se abrazó a Adam y Abel y les dijo que su hermana estaba en un lugar mejor, en el Cielo.

Cain no creía en el Cielo. Ni en los lugares mejores. Alzó la voz por encima de la del párroco que en ese momento entonaba una oración ridícula y gritó que Dios podía comerle la polla si no era capaz de traer a su hermanita de vuelta.

Su madre lo abofeteó por segunda vez. La primera había sido en el hospital, el diecinueve de abril.

Como tantos otros chicos, a los diecisiete años Cain estaba experimentado con la marihuana. Empezó como una diversión ocasional, pero en aquella primavera, a veces se pasaba días enteros colocado, porque era la única fórmula que conocía para volar e irse lejos de allí.

Tendría que haber estado despejado, más atento, con los sentidos alerta. Entonces habría sido capaz de reaccionar más deprisa, dar un volantazo más rápido, esquivar el coche que se había saltado el stop.

Abel se metía en su cama por las noches, como cuando eran niños, lo abrazaba y le susurraba: «no es culpa tuya, Cainie». Luego le acariciaba el pelo y le cantaba I’ll stand by you hasta que dejaba de llorar y se quedaba dormido. Por las mañanas, su madre lo devolvía al mundo real con sus miradas henchidas de rencor.

Transcurrió algún tiempo así, hasta que, un buen día, no pudo soportar más el crujido que hacía todo su cuerpo cuando caminaba, como si estuviera roto por dentro, y se dijo que si se marchaba de allí, a un lugar con mucho ruido, tal vez dejara de escuchar ese crujido.

Metió todos sus cómics del Capitán América en una mochila y se escapó al anochecer.

Echó un último vistazo desde la calle y vio a Abel mirándolo al otro lado de la ventana de su cuarto.

Le hizo un gesto con la mano.

Pero ningún gesto podía expresar todo lo que quería decir: «adiós», «lo siento», «tengo miedo», «todavía duele», «me quiero morir», «la echo de menos», «no lo entiendo», «ayúdame», «te quiero», «sé feliz», «ven conmigo», «adiós».

Después de todo, no era más que un gesto con la mano.

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