The Smiths y Julia Roberts

12:30:00


Se dio la vuelta, estrujando el vaso con los restos de cóctel en la mano, y avanzó con infinita lentitud hacia una fiesta que ahora se le antojaba incluso menos divertida que cuando se escondió en el cuarto de los abrigos.

Rachel seguiría abajo con su perfecto Philip y todos los demás. Y ahora, encima, seguro que tendría una discusión con Louis cuando le contase que acababa de conocer a una amiga suya y la había llamado zorra.

«Law. Law dijo que le diéramos un toque si nos recogíamos pronto», recordó de repente. «Quizá todavía pueda llamarle…».

Podría esperar a que fuera a recogerlo con el viejo Pontiac Firebird de su padre, montarse en el asiento del copiloto y dejarlo conducir sin rumbo hasta que la gasolina empezara a escasear y decidiera detenerse en mitad de ninguna parte. Estaría sonando algún grupo de música desconocido al que Sean llamaría The Smiths aun sabiendo que se equivocaba. Puede que Law intentara explicarle quiénes eran en realidad, y hasta convencerle de que los había escuchado un centenar de veces en ese mismo coche. Luego, abriría la guantera y sacaría algo de la hierba barata que a veces le robaba a su hermano cuando venía a lavar la ropa los fines de semana. Porque el hermano de Law era de esos que cambian maría por una colada bien hecha, por ridículo que parezca si lo miras desde fuera.

Al final, después de unos minutos de conversaciones vacuas, Sean le hablaría de Rachel y su enfermiza atracción por los capullos. Por todos los capullos que no eran Sean. Puede que incluso se le escapara alguna lágrima; a veces le pasaba. Pero cuando estaba con Law eso no era importante, porque él siempre lloraba con las películas antiguas de Julia Roberts y defendía la necesidad de que los hombres lloraran. «Esa es nuestra lucha», decía, «las tías están todo el día con sus batallas por la igualdad de oportunidades y todo eso. Nosotros tendríamos que pelear por nuestro derecho a llorar sin que nos vean como nenazas».

En cualquier caso, con lágrimas o sin ellas, el dolor terminaría por esfumarse. Casi podía escuchar la voz de Law en su cabeza: «Rachel necesita ayuda psicológica. Algún día la encontrarán tirada en una cuneta, y entonces ya será tarde».

Se encenderían un segundo cigarro y hablarían del futuro, la universidad, la familia y otras muchas cosas sin importancia hasta que se sintieran más animados. Entonces, regresarían a la civilización.

· Extracto de Las vidas que no vivimos

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