Relato: Elliot (2)

12:30:00

Foto: Unsplash

Inna no había sido la primera. Antes de ella hubo otras. Muchas.

Su madre —que ahora cumplía condena en una penitenciaría de Pittsburgh— solía decir que en aquella familia todos llevaban más amor de lo normal dentro, y que por eso el padre de Elliot tenía otros tres hijos con mujeres diferentes. Más tarde, una psicóloga a la que los Servicios Sociales le obligaron a ver durante un par de meses le dijo a Elliot todo lo contrario: que se enamoraba tan a menudo porque su familia no le había dado cariño durante su infancia.

Sea como fuere, Elliot tenía tendencia a encapricharse de una chica distinta cada semana. Normalmente las cortejaba durante un par de horas —días, a lo sumo—, se las llevaba a la cama y luego las olvidaba. Algunas se enfadaban y aparecían por el Succubus quejándose de que no las hubiera vuelto a llamar, y él nunca sabía qué responderles, porque Elliot no concebía el sexo sin amor, y no era su culpa que, casi siempre, el amor se esfumara después de la primera noche.

Otra psicóloga, Mary Joy Hartinger, una borracha que se pasaba los fines de semana bebiendo sola en la barra del Succubus, le dijo una vez que «estaba estropeado y no sabía querer». Eso lo dijo después de chupársela en el baño, porque Mary Joy siempre estaba bebiendo o haciendo mamadas cuando estaba en el bar.

Por eso se alegraba de que Inna fuera lesbiana, porque si lo pensaba detenidamente, quizá sí que estuviera estropeado, y le daba miedo que si se acostaba con ella dejara de amarla.

La gente hablaba pestes del amor, y de cómo te rompe el corazón y te quita el apetito, pero a Elliot le gustaba la sensación. Igual que le gustaban las películas tristes o los libros de Shakespeare en los que todo el mundo moría al final. No había leído a Shakespeare ni iba mucho al cine, pero le gustaba el concepto de la tristeza. Lo hacía sentir mal, y a veces, si no había nadie en la habitación, hasta lloraba, pero al mismo tiempo disfrutaba. Mary Joy Hartinger también tenía un diagnóstico para eso: «eres masoca, chaval». Y quizá sí que lo fuera.

Así que no quería dejar de estar enamorado de Inna, porque la tristeza, la melancolía y la falta de apetito le gustaban. Y ya sabía cómo se sentía uno cuando no estaba enamorado, y no era algo que echara de menos.

Recordaba especialmente a una chica: Cathy. Cathy era la única —aparte de Inna— a la que no había podido llevarse a la cama tras más de dos meses detrás de ella. Era una chica fina y de buena familia, virgen, con una beca completa para estudiar en Dartmouth y convertirse en pediatra. Cuando venció los reparos d ella, empezaron a salir. Para una chica como Cathy era difícil resistirse al influjo chico peligroso que trabajaba de portero en un bar con mala fama. Fue un noviazgo bonito: iban al cine todos los viernes que Elliot libraba y compartían los auriculares del reproductor de música por la calle. Pasados unos meses, hicieron el amor. Estuvo bien, fue suave, pero a Elliot también le gustaba suave a veces. Con todo, a la mañana siguiente, cuando abrió los ojos, miró a Cathy a su lado en la cama y se dio cuenta de que ya no estaba enamorado. Se puso los pantalones y se marchó.

No volvió a llamarla ni a responder a sus mensajes; esperó a que el silencio hablara por él y dijera lo que él no se atrevía a decir.

Un sábado por la noche, dos semanas después, Cathy apareció en la puerta del Succubus, muy delgada y con cara de haber llorado. Le gritó palabras muy feas y le dijo que no quería volver a verlo, que se marcharía a Dartmouth en dos meses y se haría pediatra, y conocería a un cirujano bueno y amable con el que se casaría y tendría muchos hijos a los que educaría para que no se parecieran a Elliot.

Él la miró con lástima y le deseó que fuera así.

Por más que quiso, no fue capaz de sentir nada cuando la vio alejarse.

Y entonces comprendió lo duro que era no querer a alguien y lo idiotas que eran aquellos que renegaban del amor.

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