Lectura conjunta de Mr. Dickens

A algunos ya os he dado la murga en vuestros respectivos blogs (cofMagratcof) con las ganas que tengo de pillar a Charles Dickens por banda de una vez y comenzar una escalada de lectura de su extensa obra. Da la casualidad de que hace meses que Grandes esperanzas me guiña un ojo desde la estantería, y ahora Sileny y Petrie vienen con una lectura conjunta...

Huelga decir que me lanzo de cabeza.

Para todo el que quiera participar y no se haya enterado, lo leeremos entre el 16 de febrero y el 16 de marzo, así que aún hay tiempo para hacerse con alguna de las monérrimas ediciones que existen del libro si no lo tenéis.

Os dejo el banner y el enlace a la entrada en el blog de Sileny, que es quien lo organiza, para que os enteréis bien de todo.


Toda la información aquí

Whiplash, la hermana pobre de los Oscar


Esta semana he hecho un pequeño paréntesis en mi visionado de las películas que protagonizarán la noche de los Oscar el mes que viene, pero traigo la crítica de una de las primeras que pude ver de todas las candidatas.

A falta de ver Boyhood, que tiene muchas papeletas para convertirse en mi favorita, me quedo con esta, Whiplash, la película nominada que no aparece (ni aparecerá) en ninguna quiniela, porque realmente su único Oscar posible (y casi seguro) es el de J.K. Simmons como mejor actor secundario. Sin embargo, yo con esto del cine siempre soy un poco defensor de las causas perdidas y suelo tener debilidad por la hermana pobre a la que nadie quiere porque... Bueno, porque es pobre y esto es Hollywood, nena.

Whiplash nos cuenta la historia de un joven baterista de jazz que intenta prosperar dentro de un prestigioso conservatorio. El chico tiene talento y ambición, pero se encontrará enseguida con el mayor obstáculo posible: un profesor estricto (muy estricto) que se está planteando permitirle entrar a formar parte del conjunto de jazz que dirige. Por desgracia, unirse al grupo le va a traer más penas que alegrías cuando descubra que los métodos de este profesor para exprimir el talento de sus estudiantes son bastante extremos.

Es una película minimalista en todos los sentidos: escenarios, personajes..., incluso el guion es bastante sencillo en cuanto a giros. Al final, toda la película se sustenta sobre el continuo duelo entre alumno y profesor y las brillantes interpretaciones de los actores.

J.K Simmons, al que parece imposible que le roben el Oscar, ofrece una poderosísima pero también sutil interpretación de un personaje gris, admirable y odioso al mismo tiempo, un reputado profesor de música que huye de las normas y cree que el fin justifica los medios, si el fin es la máxima excelencia musical.

Al otro lado tenemos al protagonista, Miles Teller, ese chico al que todos nosotros conocemos gracias a su presencia en el cine de corte juvenil, pero al que se ve que en el Hollywood adulto no conocen, o no tienen en consideración, porque sinceramente, si J.K. Simmons es un excelente actor y se sale en Whiplash, Miles Teller está solo medio centímetro por debajo. Supongo que su juventud pesa a la hora de llamar la atención de los grandes premios (cosa que, curiosamente en un mundo tan machista como el de Hollywood, no les sucede a las actrices jóvenes: ahí están Jennifer Lawrence y, en menor medida, otras, como Shailene Woodley o Hailee Steinfeld).

Al margen de las interpretaciones, la otra virtud destacable de la película es, lógicamente, la música, tanto a nivel de banda sonora como el propio papel de la música y las escenas musicales dentro de la trama. Yo no soy aficionado al jazz ni tengo formación musical y he disfrutado mucho, así que no me quiero ni imaginar lo placentero que será para los amantes del jazz y los bateristas.

Por lo demás, solo insistir en que, a pesar de su sencillez formal, es una película con mucho encanto que logra encontrar el equilibrio entre fuerza y sutileza. Está carga de escenas aparentemente insignificantes, con un gesto tal o una mirada cual, pero que gracias a las interpretaciones de los dos actores consiguen sugerir al espectador muchas cosas que sus personajes no verbalizan.

Si os gustan este tipo de películas independientes que con poco hacen mucho, os recomiendo mucho Whiplash. Veo prácticamente imposible que se lleve nada en los Oscar (salvo el de mejor secundario que mencionaba al principio), pero ni falta que le hace. Su reino es el del Festival de Sundance, y allí, como era de esperar, arrasó el año pasado y se llevó el premio del jurado y del público.

Al este del Edén, de John Steinbeck

Así, Caín se alejó de la presencia del Señor y se fue a vivir a la región llamada Nod, al este del Edén.
Génesis 4: 16

No creo que existan muchas experiencias mejores para un lector que empezar el año descubriendo uno de los libros de tu vida en una triste edición minimalista y de bolsillo de una obra que solo compraste porque tenías dinero en la cartera y no te parecía decente salir de Fnac en plena Navidad sin llevarte nada contigo. Así llegó Al este del Edén a mi vida, y desde que lo terminé hace escasos quince días, no dejo de pensar en lo afortunado que fui por haber entrado en la librería aquella mañana y por haber tenido un impulso de esos inexplicables de llevarme conmigo un libro que, en principio, no estaba entre mis cientos de lecturas pendientes.

Así que desde ya os lo digo: si os quedáis en este blog, sabed que esta no será la última vez os dé la brasa con esta novela y su autor. Aún no sé si haré listas y tops como otros blogs, pero tened por seguro que, si las hago, Al este del Edén y John Steinbeck estarán ahí. Puedo ser muy insistente en lo que se refiere a recomendar joyas como esta, así que avisados quedáis.

Dejando mi vida aparte, que tampoco es lo que importa en esta entrada, pasemos a la maravillosísima novela de Steinbeck. No sé si os pasa a vosotros también, pero hasta hace un mes, el nombre de John Steinbeck y el título de sus principales obras (Las uvas de la ira, De ratones y hombres...) ocupaban un lugar curioso en mi cabeza: el de hitos literarios que conozco de oídas y que seguramente estén en los libros de texto de Literatura Contemporánea pero no tengo pensado leerme. El nombre de John Steinbeck estaba asociado a una indescriptible pereza. ¿Será el peso del Nobel?

A todos los que os sintáis como yo respecto a este escritor, os digo desde ya que abandonéis ese miedo o rechazo. De todos los premios Nobel que he leído, John Steinbeck probablemente sea el que más he disfrutado, y no puedo esperar a hacerme con otra de sus novelas.

Mientras llega ese momento, os digo en pocas palabras de qué va Al este del Edén, la que él mismo consideraba su novela más redonda. Al este del Edén comienza narrando la llegada de Samuel Hamilton y su esposa a Salinas, California, por un lado; y por otro, la vida de Cyrus Trask y sus hijos pequeños Adam y Charles en una granja de Connecticut. Con el paso de los años, llegaremos a conocer a los hijos y nietos de Samuel Hamilton, aunque los grandes protagonistas serán los Trask, con Adam a la cabeza, convertido ya en un hombre que terminará mudándose a Salinas y teniendo sus propios hijos, Cal y Aron.

El argumento es así de sencillo en el planteamiento: dos familias, la vida pasando. Sin embargo, como fondo hay muchas cuestiones que siguen a los personajes generación tras generación, principalmente la predestinación del ser humano, el libre albedrío, el mal como enfermedad genética que pasa de padres a hijos... No en vano, ya desde el título, es una novela con resonancias bíblicas que, entre otras muchas (¡muchísimas!) cosas, trata de revisitar el mito de Caín y Abel que le da título. Pero al final, de lo que realmente habla Al este del Edén es del ser humano, de sus luces y sus sombras, de sus miedos, sus anhelos... Lee, el ma-ra-vi-llo-so (creo que mi devoción por el personaje ha quedado clara) criado chino de Adam Trask lo resume perfectamente en una de sus múltiples reflexiones brillantes:
Solo tenemos una historia. Todas las novelas, la poesía entera, están edificadas sobre la lucha interminable entre el bien y el mal que tiene lugar en nuestro interior.
Me gustaría poder deciros algo más. Me gustaría tener la capacidad de Steinbeck para poder expresar con palabras como algo tan simple como «la historia de dos familias, de sus vidas y sus sentimientos» se convierte en oro en manos de este escritor. Confío en que mi pasión compense mi falta de elocuencia.

John Steinbeck es un maestro, y os prometo que yo no soy de los que dice estas cosas a la ligera. Su prosa es sencilla y compleja al mismo tiempo, es maravillosa. Su capacidad para construir personajes está a otro nivel, logrando que te deje hundido la muerte de un personaje que solo ha sido mencionado en un capítulo y que ni siquiera ha tenido una frase de diálogo en la novela. Ese es John Steinbeck. Al principio tal vez se haga un poco cuesta arriba, porque es un escritor más de narración que de diálogo, y al mismo tiempo su narración es bastante dispersa, con digresiones a la vuelta de cada esquina; con todo, en cuanto uno se acostumbra y empieza a conocer a sus personajes, la trampa está preparada y ya no hay escapatoria.

Y ya como curiosidad final (que soy consciente de que me he excedido con esta entrada), añado que Samuel Hamilton, uno de los protagonistas de la novela, es también el abuelo de John Steinbeck, quien también aparece brevemente en la novela como niño.


En Al este del Edén, John Steinbeck toma la historia de su propia familia y la entrelaza con personajes y sucesos ficticios para componer este vivo ejemplo de LITERATURA, así, con mayúsculas. Personajes inolvidables, incluso los más repulsivos. Pocas veces he podido leer un relato tan real, tan sincero, tan sencillo y a un tiempo complejo, de la vida y de los que vivimos.

★★★★★


PD: Hay una película con el mismo título, seguramente os suene. dirigida por el gran Elia Kazan y protagonizada por James Dean. Como película es muy recomendable, pero en realidad solo adapta las últimas 150-200 páginas de la novela (la historia de los hijos de Adam Trask), y cambiando muchas cosas, así que tampoco la tengáis muy en cuenta en relación con la novela.

FICHA DEL LIBRO:

Al este del Edén
de John Steinbeck

ISBN: 9788483109786
Editorial: Tusquets (Fábula)
688 págs.
Precio: 11,35 € 

Entre la guerra de secesión y la primera guerra mundial, dos familias viven a lo largo de tres generaciones en el lejano valle de Salinas. Tras acompañar a la familia Hamilton en su épico asentamiento en California, el lector penetra en el sofocante mundo de los Trask, en el que Adam, un hombre de costumbres estrictas y severas, intenta educar en el recto camino a sus hijos Aron y Cal, tras ser abandonado por su mujer, a quien nadie en la familia se atreve a nombrar. Aron es trabajador, obediente y cumplidor. Cal, inquieto y siempre insatisfecho, no soporta el peso del silencio en torno a su madre, cuyo carácter indomable cree él —y secretamente también Adam— que ha heredado; así pues, ya es inevitable la lucha soterrada por el reconocimiento del padre, cuyo rechazo hacia Cal conduce a éste a la más provocadora rebeldía. Un día, Cal se siente extrañamente atraído por la misteriosa Cathy Adams, que regenta el burdel más célebre de la región. A partir de ese instante, la maldición caerá sobre Cal, condenado irremisiblemente a permanecer al este de un elusivo Edén.

Cain #1

SUENA:



Cain se despertó al anochecer. Fuera de la cama hacía frío, así que supuso que en el exterior no estaría mucho mejor. Se puso los vaqueros desgastados dando brincos por el comedor, se cambió de camiseta y optó por zapatillas deportivas.
Salió a la calle y pensó que la vida era una mierda y que se estaba mejor muerto, pero aun así se enfadó cuando un coche se saltó el semáforo y estuvo a punto de atropellarlo.
Fue al bar de siempre, con la gente de siempre, y no le gustó lo que encontró.
Le caían mal esas personas porque le recordaban a sí mismo.
Cruzó la calle y entró en otro bar. El bar de nunca, con la gente de nunca que no le recordaba a nadie, porque sencillamente era la primera vez que veía sus caras.
Habló con un chico rubio y pensó que estaba bien, que parecía limpio y le daría calor por la noche. Lo invitó a dos copas y lo besó de camino a casa. No hicieron el amor porque eso tenía implicaciones demasiado fuertes para Cain, así que en su lugar hicieron el sexo. No estuvo mal (probablemente), pero tampoco estaba prestando atención.
Se durmió nada más terminar, sin sentirse mejor ni peor, pero con la sensación de que al menos había hecho algo con su vida.
A la mañana siguiente, el chico rubio ya no estaba allí. Ni el dinero de su cartera, ni el reproductor de DVD del salón.
Tampoco es como si esperara que ninguna de las tres cosas siguiera allí por la mañana.
«Los grandes amores son los que siempre se nos escapan de entre las manos y nos rompen el corazón», se dijo.
Era el mejor reproductor de DVD que hubiera conocido jamás.

Adquisiciones de enero

Enero se termina, y aunque aún no haya acabado del todo, yo lo doy por cerrado en cuanto a compras, así que me parece un buen momento para hacer esta entrada repasando los libros que me he llevado a casa este mes (es lo único que me llevo a casa últimamente, qué le voy a hacer :P). Son bastantes para lo que soy yo, pero es que entre Reyes y demás, enero me vuelve consumista a más no poder.


Orgullo y prejuicio, de Jane Austen — Sí, ya había leído este libro y, por supuesto, me encanta (soy un chico original, ¿eh?). Sin embargo, lo había leído en digital, porque en mi casa solo teníamos un ejemplar de esos que deberían poder denunciarse y en los que la historia la protagonizan Isabel 'Isa' Bennet y sus hermanas Juana, María, Catalina 'Cata' y Lidia. Eso sí, no me preguntéis cómo mierdas llamaban a Fitzwilliam Darcy, porque gracias a Dios ese libro ya no está entre nosotros.

En fin, dramas a parte, no tenía un ejemplar de este libro en mi estantería y los Reyes lo sabían, así que me trajeron esta monosidad (u horterada, según si te encanta el verde como a mí o no) pequeñita y preciosa.

Una dama extraviada, de Willa Cather — Alba Minus. Podría dejar el comentario ahí y seguramente nos entenderíamos, pero por dar más detalles, quería estrenarme con Willa Cather y este era corto, precioso y barato (para ser de Alba Editorial). Ya esta leído (y disfrutado), y la reseña llegará seguramente la semana que viene.

Al este del Edén, de John Steinbeck — Comprado el 29 de diciembre, así que técnicamente no entra en enero, pero bueno. Uno de los mejores libros que he tenido la suerte de leer en toda mi vida. La reseña está programada para el jueves y tengo pensado daros la murga con él siempre que surja la ocasión, así que en esta entrada no voy a decir nada más. Salvo que libros como este hacen que uno crea en la Literatura.

La mejor venganza, de Joe Abercrombie — Joe 'Mojabragas' Abercrombie fue mi descubrimiento de hace un par de veranos, pero como tengo un TOC incipiente (trastorno obsesivo-compulsivo, también conocido como «ser un maniático»), llevo años sin avanzar con su obra, a pesar de que se la he recomendado a todos los lectores de fantasía que conozco. ¿Por qué motivos? Pues porque su trilogía la tengo en bolsillo tapa dura, y resulta que de las novelas sueltas, todas habían salido en ese mismo formato excepto esta, que es la primera en orden cronológico de publicación (sí, llegados a esta parte ya empezáis a entender a qué me refería con lo del TOC), así que... En fin, que esperé y esperé, pero al final estas Navidades pasé por Fnac, vi este bolsillo a precio decente y me lo llevé, aunque me destroce completamente la colección.


El periodista deportivo, de Richard Ford — Richard, Richard, Richard... A este señor lo conocí el año pasado, solo he leído un libro suyo, y aun así ya lo considero uno de mis autores preferidos. Seguramente sea prematuro, pero es que escribe como los dioses. Otro de sus libros está en mi lista de lecturas inmediatas, y para tener más material para cuando lo acabe, me he hecho con este otro, que es uno de los más conocidos y da inicio a una trilogía.

La casa de la alegría, de Edith Wharton — Vino a casa con Willa Cather y me hace ojitos desde la estantería, porque es otra de esas autoras con las que quiero empezar, pero de momento creo se le van a colar algunos otros libros por delante.

Y eso es todo. No son muchos y son todos de bolsillo (me encanta el tamaño bolsillo, casi siempre compro así), pero estoy más que satisfecho porque son todos pequeñas joyitas a las que les tenía ganas. ¿Cuáles habéis leído? ¿Alguno os ha robado el corazón?

PD: No paso de hacer fotos caseras a mis ejemplares por vagancia o porque sea muy mainstream (?), lo que sucede es que mi móvil saca unas fotos tan espantosas que os caeríais de culo del susto, y Austen, Ford y compañía no se merecen eso.

Glue, adolescentes británicos con problemas


Lo de las series es un mundo aparte, y cada uno tenemos nuestras filias y fobias. Personalmente, a mí las series británicas no me gustan especialmente (pocos capítulos, demasiado largos, quizá demasiado oscuros también...) y hay veces que la devoción hacia la ficción británica me parece excesiva, pero reconozco que cuando se ponen las pilas y lo hacen bien, lo hacen bien.

Desde hace unos años, en los campos donde más destacan las series del Reino Unido (dejando a un lado las de época, que ya se da por hecho) son las series policíacas y en las juveniles. En las primeras marcan la diferencia utilizando su ritmo lento y su tendencia natural a las historias oscuras y creando grandes series en las que lo que importa no es resolver el caso, sino la exploración de los personajes y el ambiente por el camino (The Fall, Happy Valley...). Y en cuanto a las juveniles, huyen de los convencionalismos y no vacilan a la hora de mostrarnos vidas poco sanas y ordenadas, pero infinitamente más realistas (ahí están Skins, My Mad Fat Diary o incluso Misfits).

Pues imaginaos lo que sucede si mezclamos ambos componentes, policíaco y juvenil, en una serie británica. El resultado puede ser un desastre o una de las series más adictivas que nos han dado los british en los últimos años. Por suerte para los seriéfilos del mundo, con Glue (no confundir con Glee) sucede lo segundo: una vez terminas el primer capítulo, es probable que encadenes uno detrás de otro hasta merendarte en un par de días su única temporada (de momento, con las series inglesas nunca se sabe si habrá más o no).

¿De qué trata Glue, así, a grandes rasgos? Pues sigue el día a día de una pandilla de adolescentes poco ejemplares que harían que más de una madre se llevara las manos a la cabeza. Al inicio de la serie, uno de los chicos de esta pandilla aparece muerto en circunstancias violentas, y a partir de aquí se desencadena una historia de intriga, secretos y relaciones complicadas que no vacila a la hora de tocar temas referentes a la sexualidad, el sexismo, los problemas raciales... Todo ello de la mano de una serie de personajes que, sin dejar de ser malos ejemplos, caen simpáticos y captan nuestro interés.

Es, además, una historia rural, lo que en mi opinión siempre le da otorga un encanto especial a una serie policíaca. Será por ese ambiente de pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce pero en realidad nadie sabe qué esconde el vecino de la casa de al lado.

Ir más allá sin desvelar nada de la trama es complicado, así que me quedaré aquí. Solo voy a insistir con que es una serie muy recomendable, que enlaza con mucho acierto dos géneros que rara vez van unidos, y que tiene un equilibrio bastante bueno entre serie de calidad y serie de entretenimiento puro. No aparecerá, quizá, en las listas de mejores series del pasado 2014, pero sin duda debería aparecer en las de las más adictivas.

¿A vosotros os van las series british? ¿Alguna favorita?

PD: Todas las series británicas mencionadas de pasada a lo largo de la entrada son muy recomendables (si os gustan los respectivos géneros a los que pertenecen, obviamente). Os dejo enlaces a sus fichas técnicas porque soy así de pesado y me encanta recomendar series que me gustan.

El club de la lucha, de Chuck Palahniuk


Ya había leído hace algo más de un año un libro de Palahniuk, al que llegué a partir de mis lecturas de Bret Easton Ellis. Alguien, no recuerdo quién, me dijo que se el estilo y los temas eran muy similares, y no iba desencaminado con la apreciación. Sin embargo, tonto de mí, fue después de terminar mi primera lectura de una obra de Chuck Palahniuk cuando descubrí que él era precisamente el autor de El club de la lucha, esa novela de (medio) culto que dio lugar a una adaptación cinematográfica de (esta sí que sí) culto absoluto.

Y esta es la breve y aburrida historia de cómo llegué hasta este libro. Aunque no creo en los «¡es una obra de culto!», porque luego vienen los batacazos, como lector curioso me resulta prácticamente imposible leer un libro de un escritor, disfrutarlo y luego marcharme sin leer su obra más reconocida. Supongo que es lo mismo que les pasa a los guiris cuando vienen a España y quieren cenar tortilla de patata y sangría.

El club de la lucha es una meritoria paja mental de primer nivel en la que se nos cuenta la historia de un narrador sin nombre que está desencantado con la vida. No acaba de encontrar su sitio, y lo busca en los lugares más extraños, como los grupos de apoyo para gente con enfermedades raras, donde conoce a Marla Singer, una mujer que, como él, trata de encontrarle sentido a la vida a través del dolor de aquellos extraños. También se hace amigo de Tyler Durden, un extraño (muy extraño) artista polifacético que le conduce por un sendero de violencia y destrucción con el que, tal vez, le ayude a encontrar su sitio en el mundo.

Como digo, el libro es una gigantesca paja mental, como casi todo lo que escribe este buen señor, y eso es algo que uno tiene que tener en mente si va a leer el libro. A partir de esto, luego ya depende de cada lector decidir si la novela se queda en eso, en una paja mental, o si hay algo trascendental que se esconde detrás de las situaciones que nos narra. Ese es un debate abierto en lo que se refiere a Chuck Palahniuk y otros autores similares: sus fans ven retratos complejos de individuos alienados por una sociedad que se pudre, mientras que sus detractores ven una retahíla de escenas sin sentido que algún hípster decidió que hablaban del sentido de la existencia.
Nuestra generación no ha vivido una gran guerra ni una gran crisis, pero nosotros sí que estamos librando una gran guerra espiritual. Hemos emprendido una gran revolución contra la cultura. La gran crisis está en nuestras vidas. Sufrimos una crisis espiritual.
Os digo esto para que sepáis que es un autor que polariza las opiniones, y este libro no creo que sea una excepción.

Como yo ya estoy acostumbrado y sabía lo que podía esperar de la novela, la he disfrutado relativamente. Aun así, tengo que admitir que me gustó más el otro libro suyo que leí en su día (Asfixia) y que después de terminar la lectura de El club de la lucha sigo con mi convencimiento de que los «¡es una obra de culto, tío!» solo nos conducen a la decepción.

Lo mejor de la novela es, sin lugar a dudas, el giro final, que al menos yo no me vi venir hasta un par de páginas antes de que sucediera, seguramente porque estaba entretenido con las excentricidades que se sucedían escena tras escena. Este giro final es, en mi opinión, lo que salva la novela y la eleva de la dimensión de paja mental y le da cierta trascendencia, aunque ni de lejos tanta como para ser una novela redonda.

Por lo demás, la prosa de Palahniuk es la que es, basa su belleza en la sencillez y la supuesta espontaneidad, y por tanto quizá no guste a todo el mundo y haya quienes la encuentren demasiado simple. Personalmente, yo no tengo quejas al respecto.


En definitiva, Chuck Palahniuk nos ofrece en El club de la lucha una más interesante que entretenida y más perturbadora que trascendente. Con todo, los personajes tienen carisma y las excentricidades con jabones y explosivos tienen su encanto. No decepcionará a los fans de la adaptación cinematográfica ni del autor, aunque no es su novela más redonda.

★★★


FICHA DEL LIBRO:

El club de la lucha
de Chuck Palahniuk

ISBN: 9788499088174
Editorial: Debolsillo
224 págs.
Precio: 8,51 € 

La primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha. Cada fin de semana, un puñado de jóvenes oficinistas se quita los zapatos y las camisas y pelean entre sí hasta la extenuación. Los lunes vuelven a sus despachos con los ojos amoratados y un embriagador sentimiento de omnipotencia. Pero estas reuniones son solo el comienzo del plan con el que Tyler Durden, proyeccionista, camarero y oscuro genio anárquico, aspira a vengarse de una sociedad paralizada por el consumismo exacerbado.

Desparramarlo por el suelo

Le había dolido, pero no había llorado, ni las lágrimas habían aflorado. Su madre sí había llorado, pero tres días después, Chopper era para ella parte de un nebuloso pasado, cosa que nunca sería para Mark. Ese era el valor de no llorar. Llorar era como desparramarlo todo por el suelo.
— STEPHEN KING
El misterio de Salem’s Lot

The Imitation Game, muy correcta, muy de los Oscar


El año pasado, precisamente durante esta temporada de premios en Hollywood, leí una crítica que daba la fórmula del Oscar. Era más o menos la siguiente: «toma un personaje histórico (a poder ser no demasiado conocido por el gran público) que fuera martirizado debido a su raza, su religión o su sexualidad o que sufriera alguna clase de enfermedad degenerativa; súmale un guion poco profundo pero que ponga de relieve lo buena persona que era el personaje en cuestión y lo mucho que sufrió, y tendrás tu nominación al Oscar».

Y oye, que nunca falla. Para muestra, los nominados de este año. The Imitation Game encaja perfectamente en este grupo. Nos narra la historia de Alan Turing, un matemático al que le debemos mucho pero del cual, afrontémoslo, conocíamos su nombre y poco más. En este biopic se narran los años de su vida que dedicó a intentar descifrar los mensajes que los nazis codificaban durante la II Guerra Mundial utilizando una máquina llamada Enigma.

Ese es el argumento de la película y eso es, realmente, todo lo que vamos a ver en pantalla: un matemático inadaptado, con algún que otro problema para relacionarse normalmente con la gente y una ambigüedad sexual que hace sospechar que esconde algo tratando de vencer a la máquina de codificación más perfecta que se conocía hasta aquel entonces. Por supuesto, se encontrará con múltiples obstáculos, la mayoría dentro de su propio bando.

La película es correcta, muy correcta, como cabía esperar, pero se queda ahí. Es efectista y busca conmover al espectador por medio de los hechos; el problema es que los hechos también los puede leer uno en la Wikipedia y el efecto de conmoción es el mismo. Ahí es donde falla la película, en el terreno de la emoción. Decir que sus personajes son planos sería mentir, pero solo dejan de serlo por el buen trabajo del reparto, bien escogido, con actores solventes que además son de esos que caen simpáticos a todo el mundo. Sin embargo, si nos fijamos solamente en el guion, este resulta lineal, poco atrevido y rematadamente efectista; tanto que cuando llega al final a uno casi le dan ganas de poner los ojos en blanco y preguntarse si el director no podría haber sido un poco más sutil con su intención de emocionarnos para conseguir un Oscar.

Con todo, la película está bien. Es entretenida, y el interés no decae en ningún momento a pesar de las casi dos horas que dura. No te hace sentir nada especial ni crea unos personajes o una historia con la que el espectador pueda conectar a un nivel más trascendental, como decía antes, pero es rematadamente correcta e intachable en cuanto a ritmo y estética. Es que es british, claro, y ellos pueden pecar de fríos a veces, pero cagarla no, eso jamás.

También decía antes que los actores son los que salvan el barco y disimulan un poco la excesiva sencillez del guion. Benedict Cumberbatch a la cabeza, con una interpretación que le ha valido una muy merecido nominación al Oscar. No obstante, aquí voy a ser un poco malo y decir que durante la mitad de la película me resultó demasiado Sherlock. Entiendo que no es culpa suya si ambos personajes son genios incomprendidos, marginados, medio Asperger y con una sexualidad ambigua (uno porque tiene que esconderla, otro porque... Bueno, porque es Sherlock); como digo, no es su culpa que los personajes se parezcan tanto, pero me habría gustado notar algunos matices más claros en su Alan Turing. No obstante, cuando el guion gira hacia una vertiente más «¡ay, pobrecito!» aprovecha para lucirse en una interpretación mucho más emocional que ya sí que le aparta del personaje de Sherlock.

También está nominada Keira Knightley. No sé si la cosa es para tanto, pero reconozco que me ha sorprendido gratamente su interpretación. Es una chica que me cae simpática y que siempre suele hacer películas que me gustan, pero no deja de parecerme una actriz más bien justita; simpática, pero justita. Sin embargo, en esta película consigue resolver muy bien un papel bastante anodino (culpa del guion, culpa del guion) y con su encanto y su carita de ángel se convierte en una robaescenas decente. También Matthew Goode roba alguna escena con su rollo sassy-british (concepto totalmente inventado, sí). Y poco más. Otra buena retahíla de caras conocidas en el reparto que se manejan bastante bien pero a los que el guion les da muy poco papel.

En resumidas cuentas, The Imitation Game está bien, no creo que pueda resultarle aburrida a (casi) nadie, pero tampoco creo que vaya a hacerle sentir nada a (casi) nadie tampoco. Es más una narración de hechos más o menos históricos que una exploración de la psicología de los personajes; y es una pena, porque tenía un reparto para ello. Al final, no deja de ser otra película hecha con un ojo puesto en los Oscar, y eso siempre se nota, en lo bueno y en lo malo.


PD: Os dejo un enlace a un artículo curioso (y de alguien bastante enfadado con la película, ya os aviso) en el que se hablan de los errores y cambios de la película con respecto a la historia real de Turing [contiene spoilers].

Para escritores: cómo vencer el miedo a la página en blanco


Todos hemos experimentado alguna vez ese terror sobrenatural que es la página en blanco. Ni siquiera hace falta ser escritor para conocer la sensación.

Como cuando en clase de Inglés el profesor mandaba una redacción para la semana siguiente y empleaba aquella condenada expresión: «tema libre». ¡No! Nadie quería tema libre. Todos protestábamos: «¡danos un tema, el que sea!», y nos valía cualquiera, por aburrido que fuera, desde contar qué habías hecho el fin de semana hasta, hablar de quiénes componían tu familia o cuántos cuartos de baños tendría la casa de tus sueños. Incluso aquellos temas ridículos eran mejores que nada, porque al menos nos daban algo por donde empezar, un título que poner en negrita en la primera línea, con lo que evitábamos el enfrentamiento directo con un folio completamente en blanco.

Y es que a veces todo se limita  eso: «dame algo por dónde empezar». Se aplica a las redacciones de Inglés, a los trabajos de clase que solemos dejar para la noche anterior a la fecha de entrega (generalmente también por culpa del miedo a enfrentarnos a un documento de Word vacío) y, por supuesto, a la escritura creativa.

Sin embargo, como todo en la vida, el síndrome de la página en blanco tiene soluciones. La primera y principal es, por descontado, enfrentarse. Este el truco para vencer cualquier miedo o dificultad: cuantas más veces golpeas la cabeza contra él, menor es la presión que te causa. Pero igual que si uno tiene miedo al avión no empieza por un vuelo de quince horas, sino por uno de hora y media hasta Mallorca, para luchar contra la página en blanco también podemos empezar poco a poco, apoyándonos en ciertas muletas que nos facilitarán la tarea.

Una muleta muy efectiva son los disparadores creativos. ¿En qué consisten? Pues en algo tan simple como que te den un tema para la redacción de Inglés. A veces es una frase, otras una idea, un condicionante que determina lo que vas a escribir, etc. Cosas tan sencillas como: «una chica camina desnuda bajo una tormenta» o «todos los hombres de la Tierra se han muerto y ahora solo quedan las mujeres». Y a partir de aquí, todo depende de ti y de tu imaginación.

Puede parecer una tontería, pero a menudo eso es todo lo que necesitamos para poner la mente en marcha. Es habitual que mucha gente se queje de que «no tiene imaginación» o que «nunca se le ocurren buenas ideas para escribir». En realidad es todo lo contrario: la habilidad más potente de todo ser humano es la imaginación; el problema es que es tan grande que en ocasiones resulta inabarcable, como cuando un amigo aburrido te dice «cuéntame algo» y te quedas en blanco. Por supuesto que podemos contar un millón de cosas, pero precisamente porque tenemos tanto que decir, nos viene bien tener unos límites, un espacio más reducido donde buscar.

Los disparadores creativos no siempre tienen que ser frases o palabras (aunque a mí es lo que mejor me funciona), también es muy habitual usar imágenes o canciones. Dependiendo del tipo de mente de cada uno, a algunos nos activa la imaginación una imagen mucho antes que una frase, o quizás los sonidos sean lo nuestro.

Para encontrar listas de disparadores creativos basta con googlear un poco. Aunque, si queréis algo que vaya siempre con vosotros, también existen varias aplicaciones para smartphones. Una que yo he probado y me parece muy buena es iDeas para Escribir. La única pega es que no es gratuita. Aun así, si echáis un vistazo en la App Store de vuestro smartphone seguramente encontréis aplicaciones similares y gratuitas.



• App: iDeas para Escribir:


(Y por si os lo estáis preguntando: no, no me pagan por la publicidad. Pero deberían, ¿no os parece?)


«Preferiría no hacerlo»

Herman Melville, el autor de ese mastodonte literario que casi todos tenemos pendiente (por pereza) y que se llama Moby-Dick, nos dejó un segundo clásico para la literatura universal antes de marcharse. Este es mucho más breve, un cuento largo, una novela corta o como lo queráis llamar. Y como es breve, pues lógicamente da menos miedo que la más célebre de todas las ballenas.

Se trata de Bartleby, el escribiente, una obra que, pese a su escasa extensión, ha dado para llenar artículos y artículos literarios y algún que otro manual de Filosofía. Bartleby es una oda a la resistencia pasiva, el problema es que no está muy claro a qué se resiste exactamente su protagonista o qué motivos le llevan a hacerlo. De hecho, desde su publicación se han propuesto todo tipo de explicaciones al comportamiento del personaje de Bartleby: es un enfermo mental, protesta contra las diferencias sociales, es una víctima de la alienación que provoca la sociedad capitalista en el individuo, es un tipo cualquiera que se ha cansado de vivir, etc. Es una de esas obras enigmáticas, que precisamente por serlo, se convierten en clásicos. Una lectura riquísima en interpretaciones que le permite al lector ver lo que dé la real gana detrás del comportamiento del protagonista. Y eso, aunque a veces le haga a uno sentir un tanto impotente, es una de las cosas más maravillosas que se pueden obtener de un libro: que te haga pensar.

Sin embargo, no todo es buscarle el sentido a las cosas, leer también tiene que ser a veces entretenimiento puro, y, leído en un nivel superficial y sin entrar a comerse la cabeza sobre su significado más profundo, el relato es uno de los más divertidos que he leído.

El argumento es el siguiente: el narrador es el dueño de una oficina en Wall Street con un pequeño grupo de empleados a su cargo (a los cuales se refiere por apodos ridículos, por cierto), y cuando necesita ampliar la plantilla, contrata como escribiente a Bartleby, un tipo que aparenta ser el empleado perfecto, y que de hecho durante los primeros días desempeña su trabajo a las mil maravillas. Los problemas llegan cuando el narrador le pide que le ayude con algo de papeleo y, con una tranquilidad absoluta, Bartleby le responde: «preferiría no hacerlo». A partir de ahí, con cada día que pasa, cada vez son más las cosas que Bartleby «preferiría no hacer» y se va abandonando poco a poco, para desgracia del narrador, que ya no sabe qué hacer para quitárselo de encima.

Es un relato original, hilarante y que puede dar lugar a muchas reflexiones de todo tipo, ¿qué más se puede pedir? También es una buena forma de acercarse con cautela a la obra de Herman Melville para hacernos a su narrativa mientras nos armamos de valor para ir a la caza de su famosa ballena blanca.

Galavant, un héroe de los que ya no quedan


Una miniserie descacharrante que parodia las historias de caballeros y princesas al más puro estilo de los Monty Python. No creo que haga falta añadir más a este maravilloso vídeo que se corresponde con los primeros minutos de la serie. A partir de aquí, todo va a más. Y con cameos de lujo: Ricky Gervais, Lord Grantham...

Fabricando un escritor

La semana pasada se estrenó en España Birdman. Si la película no se lleva el Oscar (está complicada la cosa), lo que parece casi seguro es que Michael Keaton se lo va a llevar por su interpretación de un actor fracasado antaño conocido por interpretar a un famoso superhéroe. Sí, de entrada suena a que el director estaba vacilando al pobre Michael, como cuando Bigas Luna le dijo a la Pataky que la quería para interpretar el papel de una aspirante a actriz sin talento que se va a Hollywood e intenta medrar hacia el estrellato por medio del sexo. Pero no, esta vez, en medio de la aparente broma del director, hay un peliculón. Muy recomendada (aunque marea un poco esa cámara, ya os lo advierto).

En cualquier caso, Birdman no es el tema, aunque este surgió mientras veía la película. En ella, el protagonista participa en la adaptación teatral de un relato de Raymond Carver: «De qué hablamos cuando hablamos de amor» contenido en el recopilatorio del mismo nombre (Anagrama, 2007), y de esto es de lo que quiero hablar hoy.

De qué hablamos cuando hablamos de amor es un libro de relatos completamente revolucionario, que puso patas arriba el mundillo literario estadounidense de los años 80 y alentó a los jóvenes escritores a buscar nuevas formas de narrar. En definitiva, una de esas obras que alguna generación termina encontrando en un libro de texto junto a una frase que reza: «este libro renovó la literatura de su época».

En los relatos de este recopilatorio, Carver nos pasea por las vidas de personajes muy infelices unos, y sencillamente deshumanizados otros. Es un libro crudo, de esos que esconde su crudeza donde más daño causa: en la realidad. Uno va leyendo entre indiferente y sorprendido por el bombo que le han dado a un libro tan anodino, y entonces llega al final del primer relato y se da cuenta de que, rascando un poco debajo de esa corteza de cotidianidad de lo que nos está contando, subyacen un pesimismo vital, una falta de fe y una deshumanización que desasosiegan a cualquier lector. Y este es el fuerte de la narrativa de Raymond Carver, como la de otros autores a lo Charles Bukowski, Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk: gente con la que te tomarías una caña una vez, pero seguramente no repetirías por miedo a que te contagiasen su visión tan descorazonadora del mundo.

Pero Raymond Carver quizá no sea así, o no tan así como nos da a entender De qué hablamos cuando hablamos de amor. Carver es lo que Risto Mejide llamaría «un producto». Poco después de su muerte, salió a la luz la revelación de que el manuscrito original del recopilatorio poco o nada tenía que ver con lo que nos llegó a las librerías: párrafos y más párrafos suprimidos, creando elipsis que en el original no existían; finales alterados (prácticamente en todos los relatos), cambios de sentido... Y todo es obra de su editor (¡oh, editores! ¡benditos animalillos!): Gordon Lish.

Leyendo los relatos originales de Carver, uno descubre que la mayoría de sus personajes no estaban tan deshumanizados originalmente, y que la vida es una mierda, sí, pero a lo mejor no tanto como planteaba la versión definitiva. Y, francamente, a mí me gusta más la original. No solo porque sea la que el autor nos quería transmitir desde el primer momento, sino porque el Raymond Carver que llegó a las librerías me parece demasiado pesimista, demasiado descorazonador. Tanto que no me lo creo, que me parece que hay mucha impostura detrás de esos relatos. La crudeza mucho más razonable del manuscrito original me llega más.

Lo que es obvio es que sus relatos originales, mucho más amplios, con menos elipsis y finales exageradamente abiertos; con actitudes y comportamientos de los personajes cuya justificación estaba plasmada en el papel y no debía buscarla el lector en su imaginación, etc. no habrían tenido (seguramente) la influencia que tuvo De qué hablamos cuando hablamos de amor en el panorama literario.

Así que, más o menos ético, Gordon Lish, el editor de Carver, consiguió lo que buscaba, y convirtió a un escritor del montón en un monstruo literario que ahora tendrá su foto en los manuales de Literatura del siglo XX. Lo hizo imponiendo cambios, ya que parece ser que Carver, por aquel entonces un don nadie, se vio en esa posición que tan desagradable ha de ser para todo escritor: «o publicas con los cambios que he hecho o no publicas; aquí yo soy el editor y soy el que entiende». Carver accedió, claro, para bien y para mal.

Y así es como Raymond Carver se convirtió en historia de la Literatura y ahora es nombrado en películas que tal vez ganen el Oscar este año: por obra y gracia de un editor que fue más allá de lo que van la mayoría. ¿Lo hizo bien o no? ¿El trabajo de un editor es sacar al mercado la obra de un buen escritor o fabricar el mismo al escritor? ¿Literatura o producto, dónde trazamos la línea? Son preguntas (casi dilemas morales) que se manejan a diario en el panorama literario, y que probablemente no tengan nunca una respuesta satisfactoria para todo el mundo. Sea como sea, ¿vosotros qué opináis?


PD: Anagrama también ha publicado la versión original del manuscrito de Carver bajo el título de Principiantes. Es muy interesante (y tal vez algo friki también) leer un relato de De qué hablamos cuando hablamos de amor y luego su versión inicial y ver cómo en algunos casos cambia completamente el mensaje o la sensación que se transmite.