Devil in disguise

12:30:00

Foto: Unsplash

Ezra llegó a su vida del modo en que llegan las cosas que realmente importan: por casualidad. Marcando con su juego de pelvis el ritmo del rock ‘n’ roll, atravesó la sala y se sentó a su lado en la barra.

Se hizo el inocente —quizá lo fuera— y le preguntó qué hacía un chico como él en un lugar como ese. Danny respondió que había una fiesta a la que no había sido invitado y que ahora bebía para olvidar que llevaba al demonio dentro. Pensó que aquello lo espantaría, pero Ezra rio y le dijo que el alcohol no era bueno si uno de verdad llevaba al demonio dentro. Hablaron del mar y de cómo ninguno de los dos había conocido jamás a alguien que se hubiera vuelto loco por beber agua salada. Ezra lo invitó a Maine, donde, explicó, su padre se dedicaba a la pesca y su madre la vendía en el mercado.

Danny fue a Maine una vez, meses después de que Ezra se marchara, y resultó que el pueblo ni siquiera existía. Pero esa es otra historia, tan triste que a nadie le apetece escucharla. La de un chico tonto conduciendo durante horas, aterido de una soledad que metía el frío en los huesos, hacia un lugar que nunca podría encontrar.

Hicieron el amor en la pocilga en que vivía Danny, la noche que se conocieron. A Danny nunca se le había dado bien esperar por ese alguien especial, porque llevaba demasiado tiempo retrasándose y, entremedias, la cama estaba muy fría y áspera, y le raspaba la piel y le hacía heridas que solo él podía ver y que luego ardían como si les hubieran echado sal. Un brazo ajeno alrededor de las costillas siempre desterraba el frío y el miedo, y a veces algunos chicos hasta susurraban promesas bonitas que Danny se obligaba a creer, porque recordaba lo que siempre decía su madre al otro lado del vidrio de la sala de visitas: «Santa Claus nunca te traerá un regalo si te niegas a creer en él».

Ezra era de los que prometía cosas. No en susurros, porque tenía la costumbre de hablar muy alto, como si también a él el silencio le hiciera daño en los oídos. El caso es que Ezra hizo promesas y siguió hablando de Maine y del barquito en el que faenaba su padre hasta que empezó a amanecer y ambos se quedaron dormidos.

Ezra se quedó un tiempo después de aquello. Unos meses, quizá. Siempre sonriendo y diciendo que la vida era bella, iba y venía noche sí y noche no, sin dar explicaciones, pero sin que Danny las pidiera tampoco. Este le dijo una vez —una en que no estaba colocado— que Ezra «daba luz a sus días más oscuros», pero luego se dio cuenta de que solo estaba repitiendo una cursilada que habían oído en el cine la semana pasada y sintió vergüenza.

A lo mejor la frase cursi lo había espantado. Eso se dijo Danny durante semanas, porque culparse a sí mismo siempre le había resultado más fácil.

Dejó a Ezra desayunando —con una sonrisa que parecía sincera; siempre, siempre gentil— y fue a su reunión con los otros anónimos. Les contó una vez más su historia, y cómo su madre saldría pronto y serían una familia, y le presentaría a Ezra y ambos se gustarían, y en Navidad podrían encargar comida para llevar y cenar juntos en algún sitio que estuviera más limpio que la casa de Danny. Había bebido un poco, la semana pasada, y tomado un par de pastillas para poder dormir, un martes que Ezra no estaba y que el colchón estaba tan frío que tenía miedo de que los huesos se le congelaran y luego se quebraran cuando intentara moverse. Los anónimos le dijeron que no pasaba nada, que siempre había que caer para levantarse, que ahora debía empezar de cero y todas esas frases huecas que se repetían unos a otros para convencerse de que ya no llevaban al demonio dentro.

Cuando regresó al apartamento, Ezra ya no estaba allí. Tampoco volvió dos noches después, como solía hacer, ni dos noches después de esa. Al cabo de una semana, Danny encontró una nota que se había caído debajo de la nevera: «Ha surgido algo. Lo siento. Me voy».

Esperó unas semanas, dejó de tomar pastillas para dormir aunque le quemara el frío de la cama, porque quería estar despierto cuando Ezra volviera.

A lo mejor a sus padres les había ocurrido algo. Puede que el barquito de su padre se hubiera perdido en la bruma y ahora su madre estuviera muy asustada. O a lo mejor ella tenía una gripe muy fuerte y necesitaba que alguien atendiera el puesto de pescado por ella.

Danny se tomó un trago para adormecer el dolor de cabeza y condujo doce horas hasta Maine, hasta un pueblo que no estaba allí porque nunca había existido.

Puso la calefacción del coche al máximo y lloró un poco mientras esperaba a que el frío se le marchara del cuerpo. Pero nunca lo hacía.

6 comentarios

  1. Noooooo, por qué por que´??? Pobriño, no hay derecho...que vida perra. Sigue el relato anda, enmiéndalo, que le vaya bien, aunque sólo sea un poco. Venga...
    Por cierto, que sepas que eres brillante!
    Besosssss

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  2. Me caes mal.
    Ya está, ya lo he dicho.

    XD Es bromita, pero me ha gustado mucho tu relato, aunque me ha hecho sentir mal (lo cual es bueno para ti como escritor, malo para mí como lectora Y persona humana XD). Pese a que no suelo leer romance, tus líneas me han conmovido; gracias por compartirlas.

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  3. Me ha encantado, tío. A mí también me has hecho sentir mal, he sentido tus palabras.

    Un saludo.

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  4. Genial, me ha encantado el relato.
    :)

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  5. Siempre es un gusto leerte (y diré muchas veces que en scifi me encantas, pero para cortos, el realismo te queda super bien)

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  6. Es genial, me quede esperando saber donde estavas Ezra

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