#Tochogate2016: sesión de control (a.k.a. minireseñas)

Después de un mes, retorno al #Tochogate2016 para contaros cómo me ha ido con mis lecturas. Por si estáis perdidos con este hashtag que es pura poesía, se trata de una iniciativa lectora que comenzó mi colegui (?) Cris para animarse y animarnos a leer tochos que teníamos pendientes este verano. En esta entrada yo os presentaba los cuatro libros que tenía como principales candidatos para el reto, aunque ya veis que al final solo ha caído uno de ellos.

Todavía queda el mes de agosto, que tradicionalmente es el más rentable para mí como lector, pero este año me da que no va a ser así. A mediados de mes me mudo al extranjero, así que seguramente no podré seguir al pie del cañón con el tochogate. O puede que sí, ya se verá.

De momento, y por si acaso este es mi final de reto por este verano, quiero hacer balance de las dos lecturas que he hecho dentro de esta iniciativa. Son estas:


Fotograma de la película Notre-Dame de París (1956).

Notre-Dame de París, de Victor Hugo | ~700 págs.

Esta novela os dije que caía seguro, y al final ha sido la única de la lista inicial que lo ha hecho. Como fanático de la novela gótica que soy, tenía ganas de probar este clásico de Victor Hugo, y la verdad es que no ha sido lo que esperaba. No diré que ha sido una lectura decepcionante, porque me ha gustado, pero sí que difiere mucho de lo que pensaba que me iba a encontrar.

Para empezar, no es una novela gótica. Este subgénero es muy problemático a la hora de ver qué obras encajan, y sobre todo es difícil diferenciar una obra tradicional del romanticismo de una que además de eso es gótica (el tema da para una entrada; quizás la escriba algún día). De todos modos, en el caso de Notre-Dame de París yo tengo claro que es solamente una novela romántica (romántica del romanticismo movimiento literario, quiero decir). Tiene algún elemento oscuro, pero están a años luz de los que se presentan en la gran novela gótica inglesa. Para ser justos, Notre-Dame es tan fiel a todos los tópicos del romanticismo que viene a ser una versión en novela de Don Álvaro o la fuerza del sino, Don Juan Tenorio o incluso de Hernani, del propio Victor Hugo.

En definitiva, yo no recomendaría la lectura encarecidamente. Si os gusta mucho el romanticismo o si tenéis curiosidad, sí, pero si no, cualquier obra de teatro romántica te aporta lo mismo y se hace menos tediosa. Pero esta es la opinión de alguien a quien los tópicos del romanticismo le saturan enseguida y los prefiere en dosis pequeñas. Además, Notre-Dame de París es un clásico bastante árido, sobre todo las primeras páginas. No sé de dónde les viene la mala fama a otros clásicos como Guerra y paz, que al lado de esta es una telenovela súper adictiva.

Fotograma de la miniserie The crimson petal and the white (2011).

Pétalo carmesí, flor blanca, de Michel Faber | ~1000 págs.

Y, sin embargo, esta otra novela, que lo tiene todo para ser tediosa a más no poder, me ha parecido una lectura inusitadamente ligera. Son mil páginas donde abunda la narración y en las que el autor no escatima en detalles a la hora de describir cada pequeña acción de la vida de los protagonistas, pero no creo haberme saltado ni una sola línea (con la salvedad de la trama secundaria de los beatos, que sí que la leí en diagonal). Si os gusta lo victoriano y, sobre todo, la parte más sórdida de la época victoriana, esta es vuestra novela.

Es menos conocida que la Hugo, así que, por si acaso, os cuento que trata sobre una prostituta llamada Sugar y sus intentos de sobrevivir y medrar en el hipócrita y machista Londres Victoriano. También conocemos a William, su cliente más importante; y a la esposa de este, Agnes, un personaje fascinante en tanto que retrata de manera muy cruda cómo la estricta moral victoriana afectaba a las mujeres y las distorsiones que creaba en ellas muchas veces.

Como friki que soy del tema de la histeria y derivados, todo lo relacionado con Agnes me ha parecido interesantísimo. La trama de Sugar también es genial, y a William se lo tolera. Los secundarios beatos que os decía antes son, para mí, el único punto tedioso de la novela, pero también es cierto que son necesarios para dibujar el fresco completo de la sociedad victoriana.

Hay una miniserie de 2011 que adapta la novela, y además es muy fiel. Yo la vi en su momento y no me enteré hasta el final de que existía novela, así que me he enfrentado a las mil páginas de Pétalo carmesí, flor blanca teniendo todos los detalles muy vivos en mi cabeza. Y aun así, no me ha aburrido ni por un segundo. En un libro de semejantes características, eso es una buena señal.

Recomendado para los interesados en la cara oscura de la Inglaterra de la reina Victoria. Que no os den miedo las dimensiones, porque a pesar del ritmo pausado se lee con fluidez.

Hasta aquí mi repaso de las lecturas del #tochogate2016. Si al final cae alguna más en agosto, os informaré debidamente. ¿Y vosotros qué? ¿Está cayendo algún librazo este verano o sois de los que preferís las lecturas que no pesan en la bolsa de la playa?

Los límites de la ficción



Seguro que os habéis enterado del escándalo en torno a la editorial Alfaguara y el libelo de María Frisa, 75 consejos para sobrevivir en el colegio. Por si no estáis al día, os dejo aquí un enlace que resume el culebrón hasta el momento. Y por si os da pereza leer, aquí un resumen de mi cosecha:

Licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Misnarices escribe un libro infantil al estilo falso manual en el que una niña da consejos a otras (de entre 9 y 12 años) sobre cómo comportarse en el colegio. La autora hace la típica de querer “conectar con el público joven” siendo súper guay, dabuten y diciendo sandeces en el argot que ella cree que manejan los niños. Si de niños os pusieron alguna de las lecturas obligatorias que me tocaron a mí, sabréis como yo que esos libros siempre suelen ser un despropósito. El problema es que este se pasa de rosca porque, siempre “en clave de humor” y de “ficción”, se monta un monólogo sexista, misógino y clasista y hace apología del acoso escolar. Se han recogido firmas para pedir su retirada y, días después, Alfaguara sale con un comunicado con el ya típico: “es ficción”.

Podríamos entrar en paranoias de teoría literaria acerca de si acaso existe algún libro que no sea ficción, incluso un libro de recetas. Pero dejándolo al margen, aceptamos barco. De acuerdo, 75 consejos para sobrevivir en el colegio, es un libro de ficción (¿una novela?) que, a modo de parodia, imita la estructura de los manuales y libros de autoayuda. Algunas grande superficies lo colocan en la sección de no ficción junto a, qué sé yo, la biografía de Auryn. Pero vale, seguimos aceptando barco. Es un juego literario, algo antiquísimo en la historia de la literatura. María Frisa ha hecho la de Anónimo cuando hizo pasar el Lazarillo por una biografía.

Que sí, que está muy bien y que hasta cierto punto yo me lo puedo llegar a creer. Porque he leído fragmentos del libro y tengo claro que la tal María Frisa no habla en serio cuando les dice a sus lectores de nueve años las cosas que les dice. Está claro que no habla en serio porque si lo hiciera, esa mujer estaría en un centro con paredes acolchadas (o en la cárcel; según los resultados del estudio que le hicieran). Ahora bien, comprando la teoría de que el libro es ficción pura y dura y que eso está indicado por arriba y por abajo en el libro y que es imposible que existan confusiones, la pregunta obligada es la siguiente:


¿Tiene límites la ficción?


Hablar de los límites del humor es ya un clásico, y en este caso se combina con los de la ficción. Si yo escribo un libro titulado 75 consejos para exterminar judíos, siempre en clave de humor, y lo pongo en las librerías dentro de la sección de “ficción”, ¿surge algún problema? Ahora imaginemos que mi editorial es la repera y plantan una caseta haciendo promoción de sus libros, entre ellos el mío, delante de una sinagoga un día muy transitado. ¿Sigue estando igual de bien/de mal mi libro?

Son preguntas que os planteo, no tengo una respuesta. Es decir, tengo la mía, mi opinión, pero creo que los límites de la ficción son un tema complejo y que suscita mucho debate.

Desde luego, yo tengo claro que, para mí, no todo vale en la ficción. Soy muy abierto en ese sentido, muchísimo, y toleraría casi cualquier barrabasada siempre que cumpla con dos condiciones: 1) que el libro esté claramente dirigido a adultos; 2) que esté bien escrito.

El primer punto es discutible. Habrá muchas personas que digan que los niños son mucho más avispados de lo que pensamos (que lo son) y que a los nueve años ya captan la ironía tan bien como cualquier adulto. No lo sé; quizá si alguno tenéis formación en la materia podáis darnos datos al respecto. En cualquier caso, y aun aceptando que un niño de nueve años no tenga problema en darse cuenta de que lo que escribe María Frisa es humor, hay otra pregunta que hacerse: ¿es adecuado hacer humor sobre sexismo y acoso escolar con niños de nueve años? Hay padres que no quieren que se les dé educación sexual a sus hijos hasta que no tengan bigote, pero ¿enseñarles chistes sobre que tu novio no te deje mirar a otras personas es adecuado? Que son chistes, que sí, que ya hemos aceptado barco hace un rato, pero yo sigo sin verlo claro.

Lo segundo, para mí, sí que no tiene discusión. Un libro que defiende ideas peligrosas, por muy ficción y/o humor que tenga, tiene que estar bien escrito. Y en estos casos, por bien escrito quiero decir “que se entienda”. Ya no los niños de nueve años, sino cualquiera de nosotros, cualquier adulto. Si nosotros leemos el libro de María Frisa y pensamos: “¿de dónde ha salido está colgada?” es que algo falla en ese libro y en cómo está escrito. Porque, y tiro de mi ejemplo de cabecera, no conozco a nadie que lea Cumbres borrascosas y piense que eso es un modelo de relación sentimental sana entre adultos. Nadie lo piensa porque el libro está bien escrito. Y los niños leen cómics de superhéroes y ninguno va por la vida imitando a Kingpin. De nuevo, porque están bien escritos.

Pero este tema ya está muy manido. Pasó hace mucho con los libros que continuaron Crepúsculo, luego con After y otros sucedáneos. Siempre “es ficción”, da igual que sea ficción mal escrita (porque los lectores de After leen Cumbres y esta última relación no la idealizan, por qué será), y también que esté dirigida a lectores en una edad tan vulnerable como la adolescencia. Y si todo esto da igual, ya no entremos a pedir explicaciones sobre 50 sombras y otros libros que directamente van dirigidos a público adulto, porque entonces el “es ficción” ya te lo espetan en mayúscula y negritas.

Pues nada, que es ficción: todo vale. No importa si tienes cincuenta años, quince o nueve ni si el libro retrata comportamientos poco saludables o hace apología de ellos (hay diferencia, y bien gorda). Nada de eso, porque es ficción, y olé.

Como decía en los primeros párrafos, esta entrada no es para dar una respuesta universal a algo que no la tiene y que da para debates interminables. Solo soy yo diciendo que, para mí, hasta la ficción tiene límites. Pocos, pero los tiene.

Pioneros, de (la inmensa) Willa Cather

Jessica Lange como Alexandra Bergson en O pioneers! (1992)


Uno de los primeros libros que reseñé en el blog fue una novela corta de Willa Cather. Era mi primer acercamiento a esta autora tan importante de las letras estadounidenses. Entonces admiraba su sutileza para conmoverte con su historia casi sin que te dieras cuenta y tomaba nota de que escribía sobre temas que me gustan, como ese mundo casi romántico del Viejo Oeste que en Una dama extraviada daba sus últimos coletazos.

En Pioneros, Willa Cather nos lleva un poco más atrás, a la edad dorada de este Oeste, y narra la historia de una familia de colonos europeos que, a la muerte del padre, quedan abandonados a su suerte con unas tierras que en principio no parecen muy fértiles. La hermana mayor, Alexandra, toma las riendas y pone todo su empeño en sacar adelante la granja cumpliendo con la promesa de no venderla que le hizo a su padre en su lecho de muerte; sus hermanos, inútiles redomados, se opondrán y no serán más que una carga para esta heroína de principios del siglo XX.

Con saltos temporales bastante grandes, la novela comienza narrando la juventud de Alexandra y termina con su madurez, mostrándonos dónde ha llegado, qué ha conseguido y qué cosas lamenta haber dejado en el camino. Y en paralelo a la vida de la protagonista, está el Oeste, la tierra, que en Cather es siempre un personaje tan importante o más que el resto.

Pioneros es lo mejor que he leído este año, o, al menos, el único libro que me ha tocado la fibra de verdad. Es una historia corta y sencilla, escrita también con sencillez, pero tiene una carga social y de realidad que es imposible no inclinarse ante ella. Como decía en su momento en Goodreads, a falta de una forma mejor de definirlo, Pioneros tiene alma. Es más, solo he leído otra novela de Willa Cather aparte de esta, pero me atrevería a decir que todo lo que escribió esta mujer tenía alma. Pero como ese tipo de cosas no se explican, sino que se sienten, os recomiendo a todos los que no lo hayáis hecho que leáis algo de esta autora, y creo que entonces comprenderéis por qué digo que sus novelas tienen alma.

Nada más terminar de leer Pioneros, se lo recomendé a mi colega steinbeckadicta Hache, porque tenía la sensación de que la Cather era una autora que le gustaría descubrir. Y es que no sé si John Steinbeck llegó a leer a Willa Cather, si le gustaba o si fue una influencia para él, pero si no fue así, alguien tendría que haberlos juntado en una habitación. Pioneros me ha recordado en su compromiso social, su estilo de epopeya de la gente corriente y su admiración de la tierra como algo casi místico al Steinbeck más social y de la tierra, el de Las uvas de la ira.

Sin embargo, mientras que las historias de Steinbeck son eminentemente masculinas (con un par de grandes personajes femeninos aquí y allá), las de la Cather son femeninas. No en el sentido de roles de género estúpidos, masculino lo leen los chicos y femenino las chicas y toda esa clase de chorradas. Me refiero a que las novelas de Steinbeck que he leído hablan con mucha fuerza de la sensibilidad de los personajes masculinos que escribe, y las de Cather de los femeninos, así que son un complemento casi perfecto el uno para el otro.

Y como veis, ya estoy divagando con cosas que en realidad no tienen mucho que ver con Pioneros y que a la mayoría de vosotros ni siquiera os interesarán. Pero es que a veces hay pocas cosas que decir, salvo que si no habéis leído a Willa Cather, ya estáis tardando.

Qué placer da hacer reseñas en las que casi lo único que puedes decir es eso: leedlo, por favor.

Sobre los “personajes femeninos fuertes” en la literatura



El otro día publiqué esta entrada hablando de algunos de mis personajes femeninos favoritos, en concreto de aquellos que caen más del lado de los héroes que de los villanos. Aunque conste en acta que una buena villana me pierde (hola, Cathy de Al este del Edén; hola, Gemma Teller de Sons of Anarchy). El caso es que en cuanto terminé de escribir esa entrada, me apeteció hablar de algo que lleva mucho tiempo molestándome de la literatura actual y los personajes femeninos. Hasta ahora lo había evitado porque es un tema farragoso, pero es que a veces hay que dar ciertas opiniones aunque no a todo el mundo le vayan a gustar.

Estoy hasta las narices del “personaje femenino fuerte”. Me pone de los nervios. Hala, ya lo he dicho.

En serio, es una etiqueta que se ha puesto muy de moda de un tiempo a esta parte y que no me gusta nada. Tanto es así que ya procuro evitar describir a un personaje como “fuerte”, porque automáticamente se me viene a la mente esto y me da la sensación de que lo estoy minusvalorando.

Por dar un poco de contexto, por si alguien se siente perdido, diré que en buena parte de la literatura actual, probablemente más dentro de la juvenil y la fantástica, parece que se ha puesto de moda el postureo feminista. Lógico, tantas quejas (fundadas) de que estos géneros están poblados de misoginia y modelos de mujer absurdos han calado, pero parece que en vez de intentar solucionarlo con personajes femeninos reales y complejos (como por ejemplo están haciendo en las series de televisión cada vez más), nos ha dado a todos por ponernos a calificar a cualquier mujer que levanta la voz como “personaje femenino fuerte” y a aplaudir como si eso fuera algo digno de admirar.

En mi opinión, no lo es. Explico por qué.

Para empezar, no me gusta la etiqueta en sí misma. Primero, porque lo de la fuerza es algo muy subjetivo (física, emocional, etc.) y que además varía (yo puedo ser muy fuerte hoy al enfrentarme a X cosa y muy débil pasado mañana al toparme con otra distinta), así que a veces es difícil calificar a un personaje como fuerte o débil. Segundo, y más importante, porque nunca, jamás, en mi vida, he escuchado a nadie decir que “Jaime Lannister es un personaje masculino fuerte”. ¡Y lo es! No porque sea un gran espadachín (eso es muy obvio), sino porque al hombre le pasa lo que le pasa en el segundo tercer libro (no voy a hacer spoilers pero: Vargo Hoat, la Cabra) y sigue adelante. Pero Jaime nunca es calificado como “fuerte”. Así que, a lo mejor soy yo, eh, pero cuando alguien califica a Brienne, por ejemplo, como “personaje femenino fuerte” me suena a premio de consolación, a postureo de “mira cuánto queremos a los personajes femeninos dentro del género fantástico”.

Así que no, no me gusta la etiqueta porque ni creo que sea precisa ni me parece que haga ningún bien.

Aparte, hay que ver la cantidad de basura que nos han colado dentro de esa etiqueta. Porque a mí me gusta una guerrera más que a nadie, os lo prometo, pero es que a veces parece que la única forma de crear un personaje femenino fuerte según los cánones actuales es a que sea una tía buena con dos kilos en cada pecho y anoréxica (pero con cero problemas de espalda, ojo) que encima de todo es capaz de dar una paliza a media docena de personajes masculinos que pesan cien kilos más que ella. Ah, y además, si haces que su personalidad encaje dentro de esa otra etiqueta maravillosa que es la de “marimacho”, ya te llevas el premio gordo. Eso es literatura feminista. Pero si una muchacha de sesenta kilos no puede levantar a pulso de un tío de ciento veinte o llora cuando se le muere el gato, eso es anticuado y no es un “personaje femenino fuerte”.

"Llevo vestido, guardaespaldas y no se usar una espada. Mira qué débil e inocente soy. Un corderito."
En el fondo esta entrada no es más que una excusa para decir que echo de menos aquella época en la que solo existían dos tipos de personajes femeninos, los bien construidos y lo mal construidos, y donde eso no lo determinaba ser una repartidora de hostias profesional o la reina de las respuestas cortantes.

Como digo, me encanta una guerrera bien construida. Incluso puedo llegar a tolerar a una que lleve una de esas armaduras con pechos (y hasta pezones) si es coherente, compleja y real. Pero tampoco me gusta esta caza de brujas con las “damiselas en apuros”. Sobre todo porque parece que ya todo personaje femenino que no pueda defenderse en una pelea contra diez ninjas es considerado damisela en apuros (yo sería una damisela en apuros total).

No sé de qué sirve que en literatura tengamos personajes femeninos muy cool, con un supuesto carácter a prueba de balas y patadas voladoras incorporadas si luego se dedican a babear detrás de un bíceps. Me venden que Divergentes y derivados hacen mucho por las niñas que los leen porque presentan un modelo de mujer con el que se pueden sentir identificadas o al que podrían admirar. Y bueno, sí, la muchacha es muy dura y a mí me podría saltar los dientes, pero luego la meten en una máquina de realidad virtual para enfrentarse a sus mayores miedos como parte de su entrenamiento y uno de sus miedos es… intimar con el protagonista masculino. Porque claro, él está to’ bueno y ella, aunque sea dura a más no poder, tiene que ser una princesita, inexperta, virgen y echarse a temblar cada vez que él se le acerca. Muy feminista todo.

En fin, que echo de menos la literatura de género antes de que se pusiera de moda la etiqueta y un montón de autores se abalanzaran sobre ella para “dar ejemplo”. Personalmente, me interesan más los personajes femeninos complejos y reales que los que se denominan hoy por hoy “fuertes” (según esa norma, de mi lista de la entrada anterior, Sansa, Maria, Lizzy y hasta Scarlett serían “débiles”).

"Me da miedo el sexo, pero no ir a la guerra y matar gente, porque soy ¡dura de pelar!"
Nos han vendido la moto de que estamos leyendo la literatura con mejores personajes femeninos que ha habido jamás, y eso es un disparate. Es verdad que las libertades de la mujer están mejor hoy que hace cien años, pero también estarán mejor dentro de cien (esperemos). Así que yo creo que hay que mirar las cosas en su contexto, y la literatura del siglo diecinueve está poblada de personajes femeninos maravillosos y admirables. Todas ellas serían hoy “damas en apuros” y no “personajes femeninos fuertes”, porque, lógicamente, viven en el mundo en el que viven y no lo pueden evitar. Pero que nadie venga a decirme, os lo suplico, que un Los Juegos del Hambre/Divergente es más feminista que un La Regenta/Ana Karenina, porque se me cae el alma a los pies. Mil páginas de desarrollo de un personaje femenino que vive preso en una sociedad que huele a rancio versus una tía buena que reparte hostias como panes sin despeinarse ni, por supuesto, pesar más de cincuenta kilos (aunque aun así sus músculos son de acero, ojo; una cosa no está reñida con la otra).

Y eso en la juvenil. No entro más en la fantasía y derivados porque entonces me entran ganas de enviar copias de Canción de hielo y fuego a la mayoría de escritores del género que he leído para que vean cómo construir buenos personajes femeninos. De todo tipo, de las “fuertes” y de las “damiselas en apuros”.

Nada, que nosotras aquí enredándonos con etiquetas que suenan muy bien al oído y los niños leyendo que está bien que una mujer sea súper dependiente de un tío (y si es un capullo, aún mejor) y haga lo que sea por tenerlo contento siempre y cuando ella sea guapa, delgada y de vez en cuando grite un poco o dé una contestación borde para ser un “personaje femenino fuerte”. Claro que sí.